Categoría: EUROPA

  • #PalaceDay: Los secretos cortesanos de los palacios más esplendorosos de Europa

    Hampton Court en Inglaterra, Versalles en Francia, Neuschwanstein en Baviera… son algunos de los palacios reales más esplendorosos de la Vieja Europa. Aquí desvelamos algunos secretos y detalles que te permitirán descubrir cómo era la vida en estas residencias cuando los monarcas vivían en ellos.

    Los esplendores (y olores) de Hampton Court

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    Digna hija de Enrique VIII, la reina Isabel I de Inglaterra puso todo su empeño en que su corte la más esplendorosa del siglo XVI. El epicentro era el magnífico Palacio de Hampton Court, en la campiña inglesa, con bellísimos salones, obras de arte y mucho más hermosos jardines. El diplomático veneciano Gaspar Spinelli admiraba “el orden, la regularidad, el decoro de las ceremonias” de la corte isabelina. Según el biógrafo Michel Duchein, “para ir a la capilla la reina iba precedida por 200 guardias vistiendo uniforme de gala, lores portando el cetro y la espada real, y seguida de damas de alto rango que levantaban la cola de su manto, mientras los asistentes se arrodillaban a su paso”. Las comidas, agrega Duchein, “eran servidas con el mismo ceremonial, al son de instrumentos y canciones, en medio de un gran despliegue de antorchas y de platería resplandeciente”.

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    “Los palacios de Su Majestad suelen estar afeados por los olores, inevitables cuando tantas bocas se alimentaban en el mismo sitio”, escribió un cortesano.

    Sin embargo, la vida en este palacio era difícil y muy distinta a la que podemos imaginar: la comodidad y la falta de higiene en Hampton Court eran famosas como su esplendor. Los pisos solían estar cubiertos de paja y los huesos que los cortesanos arrojaban durante las comidas, lo que provocaba que los perros merodearan (y dejaban “regalos”) entre los comensales a toda hora. “Los insectos pululaban también en los tapices y en la ropa de cama… en cuanto a los ‘servicios’, eran inexistentes”, agrega Duchein. “En Hampton Court los aposentos reales eran los únicos que disponían de una letrina que daba directamente… ¡al foso del castillo! En todas las demás habitaciones se utilizaban sillas perforadas, haciéndose las necesidades en el lugar”.

    En Versalles, las cosas de palacio iban despacio

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    El Palacio de Versalles, magnífica obra maestra del rey Luis XIV, era un auténtico parque de diversiones. La corte era numerosa y ociosa: la mayoría de los 5.000 personas que vivían en Versalles no tenían nada importante para hacer o tenían obligaciones absurdas, como alcanzarle la bata al rey. Para mantener a la gente ocupada, el “Rey Sol” ofrecía una amplia gama de actividades: fiestas al aire libre, meriendas campestres, conciertos sobre el agua, espectáculos de fuegos artificiales, cenas con conciertos de violines, bailes de disfraces y óperas, partidas de caza, largas caminatas, paseos en góndolas y juegos en los jardines como el “gallito ciego”, el tesoro escondido, el columpio y el trineo. Cuando llovía o hacía frío, la nobleza se divertía adentro: billar, lotería y conciertos de cámara.

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    Lo malo llegaba a la hora de comer. La comida era servida a Luis XIV con una lentitud y una pompa que exasperaba a casi todos, excepto al rey, y cada cena exigía una puesta en escena espectacular: para cada comida de Luis XIV (y nadie más) eran necesarios los servicios de 498 personas. Cuenta el historiador Jacques Levron que cuatro guardias escoltaban la comida desde la cocina acompañados por un ujier, el ‘maître d’hôtel’ con su bastón de mando, el gentilhombre panadero, el inspector general, el empleado inspector de oficio, los oficiales (encargados de llevar la comida en bandejas), el maestro de cocina y el guardiavajilla. El protocolo establecía que cada noble tenía una misión específica en esta coreografiada ceremonia y los condes y duques se peleaban por servir al monarca. Siguiendo este protocolo, eran necesarias 3 personas y 8 minutos para servir simplemente al rey… ¡una copa de vino cortado con agua!

    Tsarskoe Selo: tras los pasos de los zares

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    La atmósfera cortesana del Palacio de Tsarskoe Selo parecía haber quedado detenida en el tiempo a principios del siglo XX, cuando reinaba Nicolás II, el último zar de Rusia. El interior de esta residencia era un hervidero de cortesanos, sirvientes, nobles, políticos y guardias que lo controlaban todo y que tenían la obligación de no dar jamas la espalda a sus majestades, hablarles o tocarlos. Un verdadero ejército de cientos de servidores de librea corrían por salas y pasillos. “Resplandecientes con sus calzones cortos y sus medias blancas, los lacayos corrían ante nosotros por las escaleras alfombradas”, escribió un visitante. “Pasamos por salas, antesalas, inmensos salones de banquetes. En cada puerta había lacayos como petrificados, en pareja, y vestidos de las maneras más variadas, según fuera la habitación a la que habían sido destinados”.

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    A modo de guardia personal, Nicolás II y la zarina Alejandra contaban con un fantástico grupo de gigantescos negros, vestidos con pantalones rojos, levitas bordadas en oro, zapatos curvados en sus extremos y turbantes blancos. No dejaban a los emperadores ni a sol ni a sombra y, según Anna Vyrobova, amiga de Alejandra, “no tenían otra misión que la de abrir y cerrar puertas o señalar por medio de una silenciosa aparición el momento en que el zar y la zarina estaban a punto de llegar”. Aunque eran llamados “Los Etíopes”, cuenta el biógrafo Robert Massey que uno de ellos era norteamericano y se llamaba Jim Hercules y había estado al servicio del zar Alejandro III.

    Neuschwanstein: el sueño del rey Luis

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    Diseñado por el propio rey Luis II de Baviera con ayuda de un escenógrafo, el impresionante Castillo de Neuschwanstein empezó a construirse en 1869 y a la muerte del rey, en 1886, aún no estaba terminado. El castillo es un fiel reflejo de la imaginación de Luis II, “una pura fantasía romántica de un castillo medieval idealizado” en un paraje natural idílico entre las montañas de Pöllat y los lagos Alpsee y Schwan. El “Rey Loco” concibió este castillo como un paraíso terrenal donde cobrarían vida los sueños románticos de las óperas de Wagner y las historias épicas germánicas. Pero a pesar de su apodo, Luis II era un hombre con los pies en la tierra, y deseaba habitar en un castillo cómodo, confortable, tecnológico y moderno.

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    Durante su construcción trabajaron 300 artesanos día y noche durante más de 20 años. Para su construcción se utilizaron 465 toneladas de mármol, 1.550 toneladas de piedras, 400.000 ladrillos, 3.600 m3 de arena, 600 toneladas de cemento, 2.000 m3 de madera.

    “Gran glotón, sobre todo en sus últimos años”, escribe Jean des Cars, “Luis II hizo instalar dos asadores automáticos, uno para carnes rojas y otro para las aves. Al subir el calor, el fuego hace girar una turbina que anima los asadores. Esta invención ‘moderna’ es, sin embargo la obra de un genio que vivía en el siglo XV, Leonardo Da Vinci. Otra astucia técnica: el calientaplatos. El humo de la gran estufa, evacuado por abajo, pasa detrás del muro de la chimenea. La vajilla que se amontona allí queda entonces calentada…” Otro historiador destaca además que la comida era llevada en un moderno ascensor desde la cocina hasta la alcoba real, tres pisos más arriba, y que el castillo tenía un acuario para que el rey pudiera comer pescado fresco.

    Las costumbres del Antiguo Régimen en Madrid

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    Educada en un estilo de vida muy burgués en su Inglaterra natal, la princesa Victoria Eugenia de Battenberg quedó sumida en la sorpresa al instalarse en el Palacio Real de Madrid, tras su matrimonio en 1906 con el rey don Alfonso XIII. Le asombró el estricto protocolo reinante, que se mantenía inalterable porque los años de regencia de su suegra austriaca, María Cristina, habían transformado a la corte española en la más aburrida y religiosa de Europa. Además, a Victoria Eugenia le chocaba la falta de intimidad. Se dice que bastaba con que ella asomara un pie en el pasillo para que los numerosos alabarderos (guardias reales) apostados allí chocaran sus armas contra el suelo de mármol y gritaran al unísono “¡La Reina!”

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    Con la llegada de la nueva reina a la corte, ese espectáculo tan poco estético cambia rotundamente”, escribió una de sus cuñadas. Victoria Eugenia, apoyada por el joven rey Alfonso, se dio a la tarea de modernizar el Palacio de Madrid. Para empezar, contrató damas jóvenes y bonitas. Luego, instaló en el majestuoso Salón de Columnas un moderno cinematógrafo para la familia real que pasaba películas después de la cena, lo que significó que, desde entonces, nadie se acostara antes de las 2 de la mañana. Lamentablemente, nadie pudo solucionar el tema de la comida: los platos de Alfonso XIII se servían en la cocina y llegaban a la mesa real absolutamente fríos a causa de las distancias. Los mayordomos podían tardar hasta 20 minutos en trasladar la comida, por lo que se decía que cualquier español comía en su casa mejor que el rey.


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  • Recuerdos imperiales: así fue, hace 105 años, la última boda real del Imperio Alemán

    El 24 de mayo de 1913, hace 105 años, por última vez en Berlín sonaron las fanfarrias y valses en la corte del káiser Guillermo. Menos de un año después, el mundo se vería castigado por la mayor conflagración bélica de la historia y, cinco años después, los imperios europeos como el Alemán o el Austro-húngaro ya eran historia. Se puede decir que fue, sin embargo, que gracias a las ansias del káiser por lucir su poder y esplendor, la de su hija fue la primera boda real mediática del siglo XX.

    La protagonista de esta última boda fue la princesa Victoria Luisa, la única hija, la favorita, del emperador Guillermo II; la madre de la reina Federica de Grecia, la abuela de la reina doña Sofía de España y la bisabuela del rey don Felipe VI. Su marido era el príncipe alemán Ernesto Augusto de Hannover, hijo del duque de Cumberland, descendiente de los reyes británicos y pretendiente al ducado de Brunswick, que fue restituido a la dinastía Welf como “regalo de bodas” de Guillermo II a su hija.

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    EL KAISER GUILLERMO Y SU HIJA, VICTORIA LUISA

    Los reyes de Inglaterra, el zar Nicolás II de Rusia y un gran contingente de príncipes y princesas de toda Europa llegaron hasta Berlín con sus mejores galas a pesar de que la política exterior del káiser ya era considerada una gran amenaza a la paz europea. “A causa del inestable estado de Europa”, escribió la reina María de Inglaterra, “habíamos decidido no hacer ninguna visita oficial ese año, pero como William [el káiser] nos invitó amablemente a ir a Berlín para la boda de su hija, aceptamos la invitación meramente como reunión de familia“:

    De los invitados a la boda, los primeros en llegar fueron los reyes de Inglaterra“, escribió la princesa Victoria Luisa en sus memorias. “… A mediodía llegó el zar de Rusia y las coloridas ceremonias de bienvenida empezaron de nuevo. El ciertamente imponente aspecto de Nicolás II provocó en los berlineses que le aguardaban un auténtico frenesí de excitación y admiración“. La boda fue la última oportunidad en que el rey Jorge V de Inglaterra (el primo Georgie) se reunió con su querido primo Nicky de Rusia.

    “La llegada de todos los invitados a la boda hizo de Berlín un escaparate magnífico, pues se trataba de un despliegue de realeza raramente visto con anterioridad”, prosigue la novia en sus memorias. “Masas de gente se congregaban en las calles de la capital para presenciar el desfile de los príncipes. Habían venido de todas partes para alinearse en la ruta por donde pasarían los invitados y la vista del inmenso gentío en Unter der Linden, Opera Platz y frente al palacio era indescriptible“.

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    VICTORIA LUISA Y SU MARIDO, ERNESTO DE HANNOVER
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    LA PROCESIÓN NUPCIAL EN EL PALACIO DE BERLÍN

    La de Victoria Luisa fue la primera boda real europea que no se celebró en la intimidad, sino públicamente. “La policía tuvo que emplear más que sus manos para proteger las vidas ante la multitud que cada vez presionaba más“, informó el diario Berlin Anzeiger la víspera del casamiento. “La gran, inconmensurable masa de público no rompió, no pudo romper filas… cada carruaje que pasaba era saludado con tremendas aclamaciones. Fue un espectáculo inolvidable. El júbilo del pueblo no conoció límites”.

    El presente que me hizo mi padre fue una diadema y un collar de perlas, mientras que mi madre me regaló una tiara de diamantes“, escribió la princesa. “El rey Jorge y la reina María me regalaron una prodigiosa copa de oro y un broche de diamantes; Ernesto Augusto [de Hannover, su futuro suegro], un juego completo de joyería. La reina madre de Inglaterra, Alejandra, me ofreció un broche de esmeraldas. Del zar recibí un collar de aguamarinas y diamantes.

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    MARÍA DE INGLATERRA VESTIDA DE GALA EL DÍA LA BODA.
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    LA BODA FUE LA ÚLTIMA VEZ QUE SE VIERON LOS PRIMOS “NICKY” Y “GEORGIE”

    Los reyes de Italia me enviaron vasos antiguos de plata y la reina Guillermina de Holanda un antiguo reloj de péndulo. Me hicieron regalos en abundancia, desde los reyes de Dinamarca y Suecia hasta diversas ciudades de Alemania, y desde Brunswick recibí una diadema que había pertenecido a Josefina, emperatriz de Francia. El número de presentes fue tan grande que hicieron falta varios furgones de mudanzas para transportarlos“.

    La boda civil se realizó el soleado 24 de mayo en el palacio imperial de Berlín y posteriormente se celebró la boda religiosa en la capilla. “La reina María de Inglaterra se sintió tan conmovida por la ceremonia que prorrumpió en lágrimas”, contó Victoria Luisa. “Más tarde se llegaría a decir que sollozó porque en aquel momento tuvo el presentimiento del próximo desastre de la guerra que al año siguiente estallaría sobre todos nosotros. Eso no son más que ganas de hablar. La reina María se sentía muy unida a la familia Welf y es comprensible que la ceremonia la emocionara“.

    La noche previa hubo una gran celebración de gala con una representación de “Lohengrin”, de Richard Wagner. Tras la ceremonia, hubo un gran banquete para 1.000 invitados que comenzó a las 7 de la tarde en el Salón Blanco del palacio y los mil platos fueron servidos por dos altos generales prusianos que se los pasaban a los lacayos, quienes les entregaban los platos a los oficiales de la corte y estos finalmente a los comensales.

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    LA BODA SE CELEBRÓ EN EL PALACIO DE MARMOL, POTSDAM.
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    FUE LA ÚLTIMA GRAN BODA ANTES DE LA CAÍDA DEL IMPERIO

    Se hizo todo cuando pudo pensarse para honrar la ocasión con el objeto de añadirle pompa y solemindad, pues aquel fue realmente el día de triunfo supremo del káiser, quien se vio a sí mismo como anfitrión de los dos monarcas más poderosos, recibidos ambos en su corte“, escribió la princesa Cecilia, cuñada de Victoria Luisa.

    Los regalos que cayeron sobre la novia fueron de un valor fabuloso y comprendían, entre otras cosas, las piedras familiares de los duques de Brunswick, que habían sido confiscadas por Prusia cuando Hannover fue conquistado y que habían reposado en un depósito de Berlín hasta que fueron retiradas y entregadas como regalos de boda a la princesa Victoria Luisa.

    “Entre ellas”, prosigue la princesa Cecilia, “estaba una tiara de diamantes [Tiara Brunswick] que era considerada una de las más bellas del mundo y que había formado parte de la dote de la infortunada reina Sofía Dorotea de Hannover, quien había terminado sus días como solitaria prisionera en el castillo de Ahlden, en Prusia. Algunas de las piedras de esa tiara habían llegado a Alemania desde Francia con la madre de aquella reina, la bella Eleonore d’Olbreus (…) Pero también estaban las famosas perlas que, en otro tiempo, habían pertenecido a la reina Carlota de Inglaterra, la consorte de Jorge III…”

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    VICTORIA LUISA Y LA TIARA BRUNSWICK, DE LA REINA SOFÍA DOROTEA DE INGLATERRA.

    Durante el banquete, el káiser pronunció un emotivo discurso:

    “Mi querida hija, hoy cuando dejas nuestra casa, quiero darte las gracias desde el fondo de mi corazón por toda la alegría que nos has dado a mí y a tu madre, y por el rayo de sol que has sido en nuestra casa. Has entregado tu mano y tu corazón a un hombre que procede de una honorable casa soberana y una vieja estirpe alemana”.

    “No hay que decirte que eres libre de seguir los dictados de tu corazón y elegir al hombre que amas”, agregó Guillermo II mirando a su hija en su aclamado discurso. Dirigiéndose a su flamante yerno, el káiser le dijo: “Tenemos la más absoluta confianza en que la protegerás y la cuidarás y estamos completamente seguros de que su rayo de sol entrará en tu casa…”

    Uno de los invitados describió la gala nupcial como “un espectáculo espléndido, lleno de dignidad y encanto” y relató el momento del baile: “Venía el novio llevando a la novia de la mano y las cuatro damas de honor vistiendo de rosa que le llevaban la cola. Cuando hubo terminado la primera vuelta, la novia se acercó al káiser, hizo una reverencia y le invitó, así como al duque de Cumberland, a unirse al baile.

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    VICTORIA LUISA Y ERNESTO DE HANNOVER, BISABUELOS DEL REY FELIPE VI DE ESPAÑA.

    “Al mismo tiempo, el novio se acercó a la kaiserina y a la duquesa de Cumberland y les invitó a unirse a él. A la siguiente, la novia pidió al rey de Inglaterra y al zar de Rusia que bailaran, mientras que el novio lo hacía con la reina de Inglaterra y la princesa de la Corona”.

    “El espectáculo de mi baile con el rey de Inglaterra y el zar de Rusia fascinó a todos los presentes”, relató Victoria Luisa. “No era algo que ocurriera todos los días, por supuesto; pero allí estaban los soberanos de las dos naciones más poderosas de la Tierra, con la hija del káiser alemán entre ellos, todos bailando juntos. Al finalizar el baile, el zar se volvió hacia mí y me dijo: ‘Mi deseo es que seas tan feliz como lo soy yo’. Nunca he olvidado esas palabras. Fueron las últimas que oiría del zar Nicolás”.

    Esa misma noche, la emperatriz Augusta de Alemania dio por finalizado el diario que había empezado a escribir el día que nació su hija, en 1882: “Me arrodillé ante la cama durante la noche y pedí a Dios que proteja a mi niña, a mi pequeña. ¡Que sea feliz, oh Señor!”. Como si de verdad presintiera que los días de gloria de Europa llegarían pronto a su fin, la reina María escribió: “Nos despedimos todos con tristeza después de tan encantadora visita”.

  • Los suecos no salen de su asombro: su reina parece hombre

    A la medianoche del 18 de diciembre de 1626, la reina María Leonor de Suecia entró en labor de parto en el palacio real de Estocolmo. La esposa del rey Gustavo II dio a luz a una niña, una criatura tan “grande, fea y velluda” que las comadronas creyeron que era un varón. “Confío que esta niña me valdrá como un varón”, dijo su padre, encantado de la niña, a la que bautizó Cristina y que sería su sucesora como Reina de Suecia. Cristina escribió en sus Memorias:

    La reina, mi madre, me ha asegurado que los magos la llevaron a engaño y la persuadieron de que en mi parto daría a luz a un varón; tuvo sueños que creyó misteriosos, y el rey también los tuvo. Los astrólogos, siempre dispuestos a alabar a los príncipes, le aseguraron que estaba embarazada de un heredero; así siguieron los halagos, se mantuvieron las esperanzas, hasta que llegó el desengaño (…)

    Nací peinada desde la cabeza hasta las rodillas, no teniendo libre más que la cara, los brazos y las piernas. Era toda peluda. Tenía la voz grave y fuerte. Todo eso les hizo creer a las mujeres que me recibían que yo era un varón. Llenaron el palacio con sus errados gritos de alegría, que durante un tiempo engañaron al mismo rey. El deseo y la esperanza se aliaron para embaucarlos a todos y las mujeres se hallaron en un serio aprieto al ver que se habían equivocado. Apuradas, no sabían cómo decirle la verdad al rey”.

    UN GUAPO Y VARONIL MUCHACHO

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    La mayoría de quienes conocieron a Cristina de Suecia coinciden en que la reina era físicamente un rey, un hombre en todos los aspectos. Así la describía, años más tarde, el padre jesuita Manderscheydt: “Es chica de cuerpo, tiene la frente muy abierta, los ojos grandes y bellos de todo punto amables, la nariz aguda, la boca pequeña y hermosa; no tiene nada de mujer sino el sexo. Su voz parece de hombre, como también el gesto (…) a no verla muy de cerca, se dijera ser un caballero (…) Trae un sombrerito entonces y un jubón a la española, y por sólo su pollera se echa de ver que es mujer”.

    En 1654 un contemporáneo de Cristina escribió sobre ella: Tenía sólo el sexo de una mujer pero su actitud, sus gestos, incluso su voz, eran total y enteramente masculinos. Otros príncipes que la conocieron coincidieron con los testimonios anteriores, como el duque de Guisa, que comentó: “Tiene la voz y la actitud de un hombre”. Una prima del rey de Francia, la duquesa de Montpensier, que frecuentó a Cristina durante su viaje a París, la describe como “un guapo y muy varonil muchacho”.

    Poco delicada y más amante de las armas que del maquillaje, Cristina prestaba muy poca atención a su apariencia física y a su higiene, no le interesaba usar vestidos bonitos y tampoco le gustaban las joyas. “No se parecía en nada a una mujer”, informó el escritor Françoise de Moteville. “Ni siquiera tenía la modestia necesaria. Se hacía servir por los hombres en las horas más insólitas y pretendía ser hombre en todas sus acciones”.

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    Según la historiadora Cristina Morató, la reina sueca “vestía como un muchacho y aborrecía la compañía de las damas de la corte, que tenían orden de espiarla y vigilar todos sus pasos. Ya entonces prefería el trato y la conversación con hombres. Solía burlarse en público de las ocupaciones y pasatiempos femeninos y guardaba cierto odio hacia las labores de aguja (…) Los testigos de su época la describen como una sabionda de aspecto desaliñado, poco aseada y mal vestida. (…) Al parecer podía cabalgar durante diez horas seguidas a caballo sin fatigarse cuando participaba en una cacería, o tumbar de un solo tiro a una liebre a la carrera.

    “Podía dormir en cualquier sitio, incluso bajo las estrellas, y le encantaba la vida campestre. Ni el frío más gélido ni el calor más sofocante parecían molestarla. A la reina le gustaba la comida sencilla, dormía apenas cinco horas al día y no demostraba el más mínimo interés por su aspecto físico (…). No se preocupaba de su cutis y siempre llevaba la cara expuesta a la lluvia y al viento, sin una pizca de maquillaje. Si a esto añadimos que se reía de manera estruendosa, que silbaba y blasfemaba como un soldado raso, es comprensible el desconcierto que provocaba. Cuando pasaba a galope, libre e intrépida, con sombrero de hombre y jubón, los cabellos al viento y el rostro bronceado, sus súbditos no sabían muy bien si tenían un rey o una reina”.


    Esta historia forma parte de “Secretos Cortesanos”, una selección de 100 historias de amores, escándalos y frivolidades de la realeza.

  • “Consuertes”: los hombres que conquistaron el corazón de las reinas de Europa

    A lo largo de los siglos, varias soberanas de Europa han padecido el comportamiento de sus consorte, aburridos por no ostentar un papel específico definido por la ley, mientras otras terminaron enormemente agradecidas a ellos por su apoyo. Esta es la historia de los “consuertes”, los hombres que tuvieron la suerte de conquistar el corazón de una reina (o no).

    EL CONSORTE LLORADO

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    Tras veinte días de agonía, la muerte del príncipe Alberto de Sajonia-Coburgo-Gotha (1819-1861) cayó como un rayo sobre la monarquía inglesa y muy especialmente sobre su viuda, la reina Victoria I de Inglaterra, que tenía 42 años y era madre de nueve príncipes. “Lloré y recé hasta perder el sentido. ¡Oh, Dios mío, por qué no me volvería loca allí mismo!”, anotó en su diario.

    En una carta al rey de Bélgica se muestra totalmente abatida e indignada por lo sucedido: “La felicidad ya no existe para mí. La vida se ha terminado”. Ni siquiera su numerosa y creciente familia le sirvió de consuelo. Victoria, que amó a Alberto casi con obsesión, guardó luto durante los siguientes 50 años.

    (Influyente, inteligente y meticuloso, Alberto trabajaba con su esposa en los asuntos de gobierno y administraba la Casa Real. La reina lo nombró “Príncipe Consorte”).

    EL CONSORTE GAY

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    A don Francisco de Borbón y Borbón (1922-1902) se le otorgó un título inédito (“Rey Consorte”) al casarse con su prima, la reina Isabel II de España. Las anteriores soberanas españolas, como Isabel la Católica y Juana la Loca habían sido esposas de reyes, así que en este caso se optó con continuar la tradición.

    Pero la importancia del título de don Francisco era, por otra parte, una forma de compensarlo por tener que contraer un matrimonio que ninguno de los novios deseaba pero que ya había sido planeado por sus respectivos padres cuando ellos eran niños. A cambio de sacrificar su vida casándose con una mujer, exigió ser nombrado soberano y el tratamiento de Majestad.

    Isabel II detestaba a su marido y se burlaba de él. Don Francisco, por su parte, era homosexual y se cree que ninguno de sus hijos fue verdaderamente suyo. Irónico, Francisco contemplaba a los hijos recién nacidos para descubrir a cuál de los amantes de Isabel se parecía.

    Tras el exilio, la pareja hizo vidas separadas. “Sé que Isabelita no me ama”, se lamentó el rey en una carta destinada a un ministro. “Y se lo excuso, pues nuestro matrimonio se ha hecho por razón de Estado y no por inclinación mutua (…) He querido siempre salvar las apariencias, deseoso de evitar una penosa ruptura, pero Isabelita es menos flexible que yo, o más violenta”.

    EL CONSORTE MALTRATADO

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    Se dice que la reina Guillermina de Holanda, mujer corpulenta y temperamental, era absolutamente violenta con su marido, el alemán Hendrick de Mecklemburg-Schwering (1876-1934), y varios testigos aseguraron haber visto a la reina maltratarlo después de que regresaba borracho al palacio después de una noche de juerga con sus amigos. Para los años 20, la corte holandesa era estrictamente femenina, con la reina Guillermina, su madre y su única hija, lo que generó el descontento del consorte.

    Hendrick odiaba tener que caminar un paso detrás de su esposa y, según él, estaba aburrido de ser un mero instrumento decorativo. Hendrick no tenía ningún poder real en el gobierno y su matrimonio se tornó verdaderamente infeliz cuando Guillermina se aseguró de que siguiera sin tenerlo. Murió en 1934 y cuentan que la reina lloró muy poco.

    (Por supuesto, Guillermina no quiso seguir el ejemplo de la reina Victoria y jamás le dio el título de “Príncipe Consorte” a su marido).

    EL CONSORTE CORRUPTO

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    Bernardo de Lippe-Biesterfeld (1911-2004), marido de la reina Juliana de Holanda, era alemán, como su antecesor, el esposo de la reina Guillermina, y como su sucesor, el esposo de la reina Beatriz. Era un príncipe de una familia noble pero pobre y trabajaba en una empresa química cuando se casó con Guillermina. El hombre coqueteó con el nazismo y con todas las mujeres que encontraba en sus viajes por el mundo.

    En 1976, estalló el “escándalo Lockheed” al revelar la prensa que Bernardo aceptó 1 millón de dólares para influir, como comandante en jefe de las FF.AA. holanesas, en la compra de aviones de pésima calidad. Juliana, muy enamorada, llegó a poner su abdicación a disposición del parlamento, que no se aceptó. A cambio, Bernardo fue destituido de todos sus cargos militares y fue relegado a una figura decorativa.

    (Tampoco fue “Príncipe Consorte”).

    EL CONSORTE DILIGENTE

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    Durante casi 70 años al lado de la reina Isabel II, el príncipe Felipe ha combinado un fuerte sentido del deber con la popularidad pública y la propensión a las “meter la pata”. Nacido en 1921, Felipe Mountbatten realizó un distinguido servicio militar en Gran Bretaña y se casó en 1947 con la hija del rey Jorge VI.

    El ascenso al trono de Isabel II significó además el fin de su carrera naval y en los años 50 Felipe se quejó de no tener ninguna importancia en la corte: “No soy más que una ameba”. Por esos años se difundieron noticias sobre sus presuntas aventuras extramatrimoniales.

    Aunque relación entre tuvo sus altibajos, Felipe se conformó con un papel en segundo plano caminando siempre dos pasos detrás de su esposa y llegó a ser el miembro más trabajador de la familia real. “Reconozco que he aportado mi granito de arena, así que ahora quiero disfrutar un poco”, dijo en una entrevista con la BBC.

    (Su suegro lo creó par inglés al darle el título de Duque de Edimburgo y su esposa le concedió el de “Príncipe” 10 años después de la boda).

    EL CONSORTE DEPRIMIDO

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    El noviazgo de Beatriz de Holanda con un antiguo miembro de las “Juventudes Hitlerianas” fue un auténtico problema para el gobierno y la boda, en 1966, fue un escándalo que llevó a cientos de personas a protestar con bombas, huevos y pollos muertos al paso del carruaje real.

    Claus van Amsberg (1926-2002) se convirtió con el paso del tiempo en el príncipe consorte más querido por los holandeses a causa del cariño que sintió por Beatriz y su discreción. En los años 80 fue hospitalizado con “síntomas de depresión” y se atribuyó su alteración anímica al papel secundario que tuvo desde que su esposa fue entronizada como reina. Fue tratado en distintas instituciones de Holanda, Suiza y Alemania.

    Unos años después, Claus habló de su enfermedad: “Se trata de una alteración que afecta el modo de pensar, de actual, la personalidad, las perspectivas para el futuro y todo lo relacionado con la posición en la familia y en la sociedad. Nunca se vuelve a ser la persona que se era antes de la enfermedad”. En la misma ocasión, confesó que muchas veces pensó en suicidarse pero “si no fuese por mi esposa, nunca habría sobrevivido”.

    (Siguiendo la tradición holandesa, su título fue el de “Príncipe” y nunca fue titulado “Príncipe Consorte”).

    EL CONSORTE DRAMÁTICO

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    El francés Henri de Laborde de Monpezat no tenía sangre real y su título de “conde” era de dudosa procedencia cuando conoció a la princesa Margarita de Dinamarca, ahora reina Margarita II. La relación se inició en 1965 y dos años después llegaba al altar. Henrik abandonó la religión católica, renunció a su nacionalidad francesa y hasta cambió su nombre por uno más danés: “Henrik”.

    Cuando su suegro, Federico IX, murió en 1972, Margarita se convirtió en la reina y Henrik mantuvo el título de príncipe que le había otorgado su suegro. A partir de entonces, los celos del esposo real, sin una función oficial definida constitucionalmente, fueron en aumento.

    En 2002, se “exilió” voluntariamente y convocó a la prensa para quejarse de su familia, que según él, lo humillaba relegándolo a un segundo plano. Las rencillas familiares crecieron, en parte por los celos que Henrik sentía hacia su hijo, el príncipe y futuro rey Federico. Una y otra vez, Henrik reclamó reconocimiento y pidió ser nombrado “Rey Consorte”, algo insólito.

    Margarita II quiso conformarlo con darle otro título inaudito en Dinamarca, el de “Príncipe Consorte” (prinsgemal). En rebeldía, Henrik se retiró de sus obligaciones oficiales y devolvió el título. Los últimos y dramáticos ataques de celos han convertido a Henrik en la persona más impopular de la realeza danesa.-

  • La reina sin corona que trabajó como empleada de las tiendas “Macy’s”

    Este 1 de agosto se conmemora el primer año desde la muerte de la reina Ana de Rumania. Fallecida a los 92 años, Ana fue la “reina sin corona” de un país cuyo idioma no hablaba y cuyo suelo no pisó hasta que tuvo casi 70 años.

    Emparentada con la mayoría de las familias reales de Europa, y esposa del derrocado rey Miguel, siempre se manifestó feliz de vivir como un ama de casa. Su gran sencillez y adaptabilidad fueron atributos de valor incalculable en su matrimonio con un hombre serio que fue despojado de la corona de su país y obligado a abdicar y exiliarse hace casi 70 años. (más…)

  • Cuando los niños se vestían como niñas y los príncipes, como princesas

    Hasta el siglo XVIII, fue muy común que los niños de las clases altas fueran vestidos como niñas: los varones hasta los siete años también eran maquillados y peinados como niñas, moda que se extendió a las cortes europeas como las de Francia, Inglaterra o España. (más…)

  • Esposa plebeya y contactos peligrosos: el príncipe Pedro fue el “enfant terrible” de la monarquía griega

    Calificado como “probablemente el miembro más inteligente de la familia real griega”, el primo del rey Pablo fue una carga para la monarquía y enemigo acérrimo de la reina Federica.

    Al joven príncipe Pedro de Grecia no podía haberle tocado una familia más curiosa: su padre, el príncipe Jorge, se había casado siendo bastante mayor pero mantuvo toda su vida un romance con su propio tío, el príncipe Waldemar de Dinamarca. Su madre, la princesa María Bonaparte, dejó de prestar atención a sus hijos y se refugió en el mundo de psicoanálisis, en un intento por escapar del aburrido matrimonio que había concretado.

    Al crecer, el príncipe Pedro se convirtió en el ‘enfant terrible’ de la monarquía griega y, según documentos confidenciales del gobierno británico, en un alborotador político que guardaba peligrosas amistades con “descontentos derechistas” y una piedra en el camino de la lucha contra el nazismo. ¡Vaya príncipe!

    Nacido en 1908, Pedro fue soldado y un experto en antropología, sociología y química, y su futuro parecía muy prometedor. Pero el joven mostró por primera vez su faceta rebelde cuando se habló por primera vez de su vida matrimonial. Su padre pensó que la candidata ideal era la princesa alemana Federica de Hannover, pero este noviazgo no prosperó y la joven terminó casándose con el primo de Pedro, el príncipe Pablo.

    En los años 30, Pedro conoció a una joven rusa llamada Irina Alexandrovna Ovtchinikova, hija de un orfebre y separada de un marqués francés. El noviazgo hizo estallar una guerra familiar en la que el principal opositor era su tío, el rey Jorge II: Pedro tenía derecho de sucesión al trono y no podía casarse fuera de la realeza. Incluso su madre se opuso: “Espero que Pedro no quiera convertirse en una figura lamentable como el rey [de Inglaterra] que acaba de abandonar el trono por la señora Simpson”.

    “Ella sería a partir de entonces, para muchos miembros de la familia real griega, la causante de todos los desvaríos de Pedro Algunos dicen incluso que le interesaba la magia negra. El hecho de que Irina fuese una mujer casada en trámite de divorcio horrorizaba a los príncipes griegos y ponía a Pedro en la disyuntiva de perder sus derechos dinásticos como segundo en la línea de sucesión después del príncipe Pablo”. [Amadeo Martín Rey-Cabieses]

    En 1939, la familia real griega leyó en la prensa, con mucha sorpresa, que Pedro se había casado en Madrás (India) con Irina Ovtchinikova. El rey Jorge I le retiró sus derechos al trono y su padre le prohibió la entrada a él y su esposa en todas las residencias de la familia. La única persona que no tomó revancha fue su madre, quien decidió no retirarle la ayuda financiera que le enviaba, aunque el matrimonio le causó mucho dolor.

    “El tío Jorge [II] está tan molesto y furioso que se niega a volver a verle”, escribió la princesa Alicia a su hijo Felipe en 1940. “Ya sabes lo que significa si Freddy [la princesa Federica] sólo tiene hijas, pues creo que la Constitución de aquí requiere que la reina sea nacida princesa. Las princesas sin dinero no importan si hay una lista civil. Por otra parte, cuando Jorge habló conmigo del matrimonio de Pedro, me dijo que no espera que los príncipes se casen con sangre azul, siempre que la chica sea decente y buena“.

    Deseaba ser rey

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    Los documentos secretos del Foreign Office británico demuestran que Pedro fue considerado como “una fuente constante de problemas”, que Winstor Churchill lo consideraba un derechista potencialmente peligroso y que incluso el príncipe planeó convertirse en rey de Grecia cuando su tío se exilió. Los documentos muestran que las autoridades militares británicas en 1943 creyeron que él era “probablemente el miembro más inteligente de la familia real griega y temperamentalmente el mejor aliado para el pueblo griego”.

    Para mantenerlo alejado, Pedro fue comisionado como miembro del ejército inglés en Creta acompañado de su esposa, pero cometió muchas imprudencias y trataba de interferir en decisiones importantes, por lo que hubo reiterados intentos de las autoridades militares británicas para enviarlo a América. Más tarde, ayudó a reorganizar a las fuerzas griegas libres que lucharon junto a Montgomery en el desierto occidental.

    En enero de 1943, los principales funcionarios de la oficina extranjera escribieron: “La impresión general es que el príncipe Pedro es un foco de intriga para los desplazados o descontentos de derecha, que obviamente piensan que tiene acceso directo al rey. Aparte de los aspectos problemáticos de su personaje, carece de las sólidas cualidades del rey y del príncipe heredero, hizo un matrimonio esencialmente estúpido… Para resumir, el príncipe Pedro es un elemento inquietante en el Oriente Medio, y su traslado a otro lugar sería en interés del esfuerzo de guerra griego”.

    Tras la muerte del rey Jorge II (en 1946) Pedro mantuvo una relación aún más punzante con el nuevo rey, su primo Pablo I, y especialmente con la reina Federica, quien nunca lo admitió en la corte ateniense. Una y otra vez los monarcas le solicitaron que renunciara a sus derechos al trono griego a cambio de recibirlo nuevamente en el seno de la familia (con todos los beneficios que implicara), pero Pedro se negó a hacerlo, ganándose el castigo del exilio.

    Pedro inició un viaje que lo llevó a conocer la India, Pakistán, el Tíbet y Sri Lanka, donde estudió los diversos grupos humanos llevado por su interés por la antropología. Estaba especialmente interesado por estudiar la práctica tibetana de la poliandria, en la que las mujeres toman varios maridos. En una ocasión describió cómo casi se convirtió en el octavo esposo de una mujer tibetana: “Pero mi verdadera esposa pensó que esto estaba llevando a la ciencia un poco demasiado lejos”.

    En 1957, el gobierno indio declaró al príncipe ‘persona non grata’ por considerarlo agente anglo-estadounidense y años más tarde fue considerado por el gobierno de los EE.UU. como “un riesgo para la seguridad”.

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    La familia real griega reunida por el centenario de la monarquía (1963)

    En 1964, Pedro fue invitado a los festejos por el centenario de la monarquía griega a condición de que no apareciera con su esposa. Unos meses más tarde, asistió a los funerales del rey Pablo y presenció la entronización de su sobrino Constantino II, el último rey de Grecia. Tiempo más tarde dio una conferencia de prensa en la que criticó abiertamente a la reina viuda, Federica, y la decisión de declarar heredera a la princesa Alexia, primogénita del nuevo rey.

    Además, afirmó que reclamaría el trono en el caso de que Constantino II no tuviera hijos varones, lo cual escandalizó a toda Grecia. En ese mismo tiempo, en una prestigiosa revista francesa, vaticinó una revolución en Grecia a causa del comportamiento excéntrico de la reina Federica, a quien tildó como la causa de todos los males del país. La prensa europea dijo que ese enfrentamiento se debía al supuesto compromiso que nunca se celebró entre Pedro y Federica en los años 30.

    El “príncipe rebelde” de Grecia jamás renunció a sus derechos al trono. Tras la abolición de la monarquía, vivió con su esposa en Londres hasta su muerte en 1980. Los funerales se celebraron en una iglesia greco-ortodoxa de la capital británica y a ellos asistieron el rey Constantino y la reina Federica. Los testigos aseguran que ningún miembro de la familia real griega se acercó a dar el pésame a la viuda del príncipe. El gobierno griego prohibió que los restos del príncipe fueran sepultados en su país natal.

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  • ⚡Fiesta sexual, duelos y chantaje: la vida en la corte del último emperador alemán

    Irritantemente nerviosa además de caprichosa, la princesa Carlota de Prusia (1860–1919) fue una de las más grandes decepciones de sus padres, los emperadores Federico III y Victoria de Alemania. La niña despreció todo tipo de educación y prefirió dedicarse a las conspiraciones, las drogas y el sexo, terminando convertida en uno de los personajes más turbios de la corte de su hermano, el káiser Guillermo II.

    Apodada “Charly”, se sospecha que la princesa fue victima de la porfiria, una enfermedad parecida a la demencia que había padecido su antepasado, el rey Jorge III de Inglaterra. De hecho, murió en 1919 después de recibir un largo y penoso tratamiento psiquiátrico.
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  • Una boda real fallida que casi provoca una guerra en Europa

    Doña María de Austria (1606-1646) fue una de las muchas infantas de España que a lo largo de la historia fueron utilizadas como “moneda de cambio”. Una de esas princesas que, por razón de Estado, fueron obligadas a marchar al extranjero para ser esposas de otros monarcas, en matrimonios que, de una u otra forma, favorecerían las relaciones diplomáticas de su país.

    Su hermana mayor, la infanta Ana, fue enviada a Francia en 1615 para convertirse en la esposa del rey Luis XIII, un hombre que no la quería y no estaba en lo más mínimo interesado en el sexo femenino, y en la ardorosa amante del Cardenal Mazarino.

    A la infanta María le tocó marchar a Austria, en 1631, para contraer matrimonio con su primo hermano Fernando III (1608-1657), futuro Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, de la Casa de Habsburgo. Así, la infanta, una Habsburgo, hija de dos Habsburgos, nieta y bisnieta de Habsburgos se casaba con otro Habsburgo. (más…)

  • La aventurera princesa que abandonó los palacios reales para viajar por África

    Si la razón de Estado no se hubiera impuesto, tal vez ella hubiera sido Reina de Inglaterra. La princesa Hélène de Orleáns (1871-1951) tuvo un breve pero intenso romance con el nieto de la reina Victoria de Inglaterra, el príncipe Alberto Víctor, a finales del siglo XIX. Pero la relación terminó abruptamente cuando a los dos jóvenes novios se les prohibió casarse a causa de sus diferencias religiosas. Poco tiempo después, Alberto Víctor murió, oficialmente de neumonía pero, tal vez, de tristeza.

    A causa de las exigencias familiares, la triste Hélène se casó con el príncipe italiano Emanuele Filiberto de Saboya, duque de Aosta, en junio de 1895 y se establecieron en Nápoles, donde ella se hizo famosa por sus obras de caridad. Pero en un intento de escapar del aburrimiento de la vida cortesana y de su desdichado matrimonio, la intrépida princesa abandonó los palacios reales europeos para emprender viajes de caza, estudio y fotografía al otro lado del Mediterráneo.

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    Madame la condesa de París escribió sobre Helene en sus memorias:Tía Hélène era un personaje completamente fuera de lo corriente: pasó gran parte de su vida en África cazando o en viajes de estudio, y como era muy deportista, prefería no llevar a la rastra a una pobre mucama despistada; para peinarse más cómodamente en la tienda de campaña, decidió un día, en plena selva, cortar sus magníficos cabellos rubios y usar una peluca.

    Pero en esas regiones perdidas, ¿cómo encontrar un postizo? Fue solamente en El Cairo, en el camino de regreso, descubrieron para ella en el barrio judío una monstruosa peluca negra con las que se cubren las jóvenes judías que se han cortado el pelo una vez casadas. Con esta facha desembarcó en Nápoles completamente calva, indiferente al asombro general“.

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    A Helene tampoco le gustaba dormir sobre una cama durante sus expediciones, sino sobre una sábana extendida en el suelo y cuando se hospedaba en algún hotel hacía sacar la cama del dormitorio, ante la sorpresa del gerente. Según el relato de la condesa de París, “tenía un enfoque muy personal de la religión; sus capellanes eran elegidos según la rapidez con que celebraran sus misas y al primer cuatro creciente de la luna practicaba misteriosos ritos delante de un soberbio gato negro egipcio. Pero eso no le impidió asumir con mucho rigor y devoción misiones de enfermera a lo largo de las dos últimas guerras“.

    La princesa Hélène nació en 1871 en Twickenham, Londres, después de que su familia fuera exiliada de Francia tras la revolución 1848. Sus padres, los condes de París, solían pasar mucho tiempo en la corte de la reina Victoria, donde Helene se enamoró del príncipe Alberto Víctor, el hijo mayor del futuro Eduardo VII, durante una visita a Escocia en 1890, cuando tenía 16 años y él tenía 23 años. Los jóvenes se embarcaron en un romance fogoso e intercambiaron docenas de cartas en las que el melancólico príncipe la describía como su “amada” y “un ángel sobre la Tierra”.

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    Nada en la Tierra me hará cambiar mi decisión de tenerte a ti pase lo que pase, aunque tuviera que esperar 50 años o más“, le escribió. Sin embargo, el matrimonio con una mujer de fe católica romana habría provocado Albert perder su reclamo al trono británico. Hélène se ofreció a convertirse a la iglesia anglicana mientras el príncipe consideraba renunciar a sus derechos de sucesión, diciéndole una vez a su hermano: “No tienes idea de cómo amo a esta dulce niña ahora, y siento que nunca podría ser feliz sin ella”.

    Se dice que la reina Victoria estaba tan encantada con la princesa que cedió después de haberse opuesto inicialmente al compromiso, pero el padre de Hélène se negó a aceptar el matrimonio: sus hijos jamás abandonarían la fe católica. Como última instancia, la princesa solicitó una audiencia con el papa León XIII con la esperanza de que el Santo Padre les permitiera que los niños que nacieran de su matrimonio fueran criados como protestantes y tuvieran, de este modo, derecho al trono inglés.

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    Una amiga que la acompañó hasta el Vaticano relató cómo Hélène se lanzó llorando a los pies del Papa, quien le respondió: “Es inútil, sabes que no puedo comprometerme con los principios que yo represento”. Alberto Víctor decidió separarse de Helene y finalmente su familia pactó un compromiso con una prima lejana, la princesa Victoria May de Teck en diciembre de 1891. Unos meses después, Alberto murió de neumonía a la edad de 27 años.

    Esta serie de impresionantes fotos aparecieron recientemente en un nuevo libro, titulado “Wandering Princess” (“La princesa errante”), donde el historiador británico Edward Hanson revela la asombrosa aventura que emprendió esta dama de la realeza francesa en su intento por escapar de su desdichado matrimonio con el duque de Aosta. Hanson basa su relato en las cartas enviadas por Hélène desde Francia, Italia, Suiza, Egipto, Etiopía, e incluso desde un barco-hospital de la costa de Libia, a su amiga de la infancia, Renée Saint Maur, la hija de la secretaria de sus padres.

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    En su juventud, ella fue reconocida como una belleza“, relata Hanson; “Cuando eligió cubrirse con joyas reales para ocasiones especiales o fotografías oficiales, no se discutió su dignidad y semblante real, que algunos eligieron interpretar como orgullo y altivez. Sin embargo, Hélène se sentía en realidad más cómoda con prendas más sencillas, especialmente con las prendas de viaje que llevaba durante sus muchos viajes a África“.

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