Categoría: EFEMÉRIDES

  • Hace 119 años (finalmente) fue coronado Eduardo VII de Inglaterra, el rey que vivió “de milagro”

    Del rey Eduardo VII de Inglaterra (1841-1910) se decía que vivía de milagro ante las infinitas veces que escapó milagrosamente de la muerte. Cuando era niño, en una partida de caza, pasó una perdiz entre él y su joven compañero apuntó a la pieza sin reparar en que se hallaba en la misma dirección que el príncipe de Gales. El criado que acompañaba al heredero al trono lo derribó al suelo y, aunque salvó al príncipe, recibió el disparo en la cara.

    Pocos años después, a los 16, durante una excursión a las montañas de Escocia se le fue un pie en un paraje peligroso y cayó rodando por una vertiente, casi perpendicular, a una distancia de más de 30 metros, aunque salió ileso. Cuando conoció a su futura esposa, la princesa Alix de Dinamarca, en Heidelberg, estuvo a punto de morir cundo una enorme araña de bronce se desprendió del techo y cayó al suelo a pocos centímetros de donde se encontraba.

    En otra ocasión, bañándose en el Mar Muerto, en Palestina, al príncipe de Gales le dio un calambre y hubiera muerto ahogado de no ser por la densidad de las aguas y de un sirviente que lo escuchó de casualidad.

    En diciembre de 1871 estuvo varios días entre la vida y la muerte a consecuencia de una fiebre tifoidea y por esos años, cuando participaba de incógnito en el cuerpo de bomberos de Londres, durante un feroz incendio un techo se derrumbó a pocos metros del príncipe, matando a dos de sus compañeros. Cuando ya tenía 60 años, en una competencia de regatas, la caída del palo mayor del yate “Shamrock II” casi le rompe la cabeza.

    En 1901 no participó del primer tramo del cortejo fúnebre de su madre porque estaba enfermo de sarampión: lo habían contagiado sus nietos. Al año siguiente, su coronación tuvo que ser postergada varios meses porque el nuevo rey, ya un hombre de 60 años, tuvo que ser operado por una apendicitis que lo mantuvo, otra vez, al borde de la muerte.

  • Carlos de Inglaterra y Diana Spencer: a 40 años de la boda (o el desastre) del siglo

    El 29 de julio de 1981, hace 40 años, una multitud reunida ante el londinense Palacio de Londres y millones de televidentes ovacionaron al príncipe heredero de Inglaterra, Carlos, tras su boda con la joven y tímida Lady Diana Spencer. Una “boda del siglo” que se convertiría en el desastre del siglo.

    Durante varios días, miles de personas acamparon a lo largo de los tres kilómetros que separan el Palacio de Buckingham de la Catedral de San Pablo con la esperanza de poder ver el cortejo nupcial. Todos los comercios se pusieron en modo real: escaparates llenos de tricolor y exhibiendo varios retratos de la pareja e incluso se puso de moda en las peluquerías londinenses el corte de pelo “a lo Diana”.

    Mil agentes armados y casi 2.000 policías montados y militares se encargaron de la seguridad, el dispositivo más importante desde la Segunda Guerra Mundial, en torno al palacio de Buckingham y la Catedral de San Pablo. A las 10.35 de la mañana, el carruaje del príncipe Carlos con el uniforme de capitán de la Marina Real fue ovacionado. Minutos después, desde Clarence House, el carruaje de la futura princesa de Gales, con un vestido de blanco marfil y una cola de más de 7 metros.

    A lo largo del camino, cientos de miles de personas gritaban de alegría mientras ondeaban banderas británicas. Unos 750 millones de personas siguieron el histórico acontecimiento en todo el mundo por televisión y los reyes y príncipes de toda Europa se encontraban entre los más de 2.500 invitados. Entre ellos estaban la imponente princesa Grace de Mónaco, la primera dama estadounidense el rey de Tonga y el recién elegido presidente francés François Mitterrand.

    Mientras se intercambiaban los consentimientos frente al arzobispo de Canterbury, la voz del futuro rey tembló y fue casi en un susurro que se oyeron sus dos palabras: “I will”. Diana, traicionada por los nervios, invirtió accidentalmente los nombres de Carlos y lo llamó “Felipe”. Después, Carlos colocó el anillo de oro de Gales en el dedo meñique de la mano izquierda de su ya esposa, siguiendo la tradición anglicana de que solo la mujer lleve anillo.

    En junio de 1982, Diana dio a luz a su primer hijo, el príncipe Guillermo. Dos años después nació el príncipe Harry. Aunque en un principio fue presentado como un cuento de hadas, el matrimonio fue en realidad completamente amañado. Durante la entrevista televisada que hizo oficial el compromiso de la pareja, una periodista británica preguntó a Carlos si estaba enamorado. Dio una respuesta que no presagiaba nada bueno: “Lo que sea que signifique amor”.

    Carlos y Diana era dos personas totalmente opuestas. Solemne, serio, austero y frío, él encarnaba la monarquía, mientras que Diana, hermosa, fotogénica y empática, fascinaba a las multitudes. Sin embargo su imagen pública escondía a una mujer herida, que sabía que su marido seguía enamorado de su amor de juventud, Camilla Parker Bowles, a la que Diana apodaba “el Rottweiler”.

    La relación entre los príncipes de Gales terminó en un desastre, con revelaciones escandalosas de infidelidades y venganzas publicadas en la prensa, hasta que llegó el divorcio en 1996. un año más tarde, la trágica muerte de Diana en París, a los 36 años, en un accidente de coche junto a su nuevo amor, el rico heredero egipcio Dodi Al-Fayed, conmocionó al mundo y sacudió a la monarquía británica como nunca antes.

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  • Egiptóloga, artista y comunista: hace 145 años nació Isabel de Baviera, la “reina roja” de Bélgica

    La duquesa Isabel de Baviera llegó a ser la tercera reina consorte de Bélgica. Los ciudadanos belgas la admiraron mucho pero nunca se sintieron identificados con esa naturaleza libre y caprichosa, ese espíritu no convencional y hasta excéntrico. Aunque mientras vivió su esposo, el rey Alberto I, fue una “prisionera del protocolo”, al enviudar, su carácter se tornó volatil, autoritario y plenamente artístico.

    Isabel (1876-1965) pertenecía una de las dinastías más excéntricas que ha conocido Europa, los Wittlesbach, era sobrina del “rey loco” Luis II, el megalómano de los castillos de cuentos, y ahijada de “Sissi”, la depresiva y vanidosa emperatriz Isabel de Austria. Su padre, el duque Carlos Teodoro, fue considerado el padre de la medicina alemana y abandonaba sus castillos o regimientos para seguir estudios de medicina y cuidar de los desamparados que vivían en la pobreza. Isabel heredó también su compasión.

    LA REINA ENFERMERA

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    En 1900 se casó con el príncipe Alberto de Bélgica, sobrino del rey Leopoldo II, al que había conocido en un funeral, el de la duquesa de Alencón, tía de Isabel, fallecida durante un incendio en París. Al llegar a Bélgica, Isabel sorprendió a los burgueses flamencos y valones con sus opiniones políticas, que eran mucho más izquierdistas que las del propio partido socialista belga.

    El matrimonio tuvo tres hijos: el mayor sería el futuro y polémico rey Leopoldo III; el segundo fue el príncipe Carlos, encargado de la regencia belga durante el exilio de su hermano tras la Segunda Guerra, y la menor fue María José, la última reina de Italia.

    Alberto e Isabel se convirtieron en los reyes de los belgas en 1909. La residencia de la reina era un centro de la cultura belga: pintores, músicos, escultores, escritores y pensadores se reunían en torno a la reina. Al estallar la guerra, cinco años después, los monarcas se consagraron como los héroes nacionales.

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    Como Bélgica se enfrentó a Alemania, el país natal de Isabel, ella con toda la astucia, renegó de su patria y se reconoció absolutamente belga: “Una cortina de hierro ha caído entre mi familia y yo“. Enfermera diplomada, Isabel organizó hospitales, entrenó enfermeras y recibió, y atendió personalmente, a los heridos de los ataques alemanes.

    El reinado de Alberto (el “Rey Caballero”) e Isabel (la “Reina Enfermera”) fue un verdadero éxito y duró hasta que la tragedia golpeó a las puertas del palacio. En 1934, Alberto sufrió una caída durante una excursión de alpinismo y murió con el cráneo reventado contra una roca.

    El hijo mayor se convirtió en el rey Leopoldo III. Un año más tarde, la nueva reina, Astrid de Suecia, falleció en un accidente automovilístico y el luto envolvió a la familia real. Durante los siguientes veinticinco años, hasta la llegada de Fabiola, Isabel fue la única mujer de la casa.

    MÚSICA CON EINSTEIN

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    Por sobre todas las cosas, Isabel fue una mujer apasionada por la música. Su vida estaba sumergida en la música, y sin duda hubiera sido una gran intérprete de piano y también de violín. Más Wittlesbach que ninguno, la reina llenaba su casa de artistas, pintores y músicos y dedicaba días enteros a tocar el violín.

    Cierto día, los cortesanos la descubrieron a las 6 de la mañana en un parque, en el interior del cráter de una bomba, tocando el violín. Ante el estupor de sus sirvientes, Isabel explicó: “La noche estaba maravillosa, toda estrellada. Esta mañana es espléndida. Además, la acústica de esta cavidad es mejor que la de cualquier otra sala“.

    En otra oportunidad, sus damas la sorprendieron a las seis de la mañana tocando el violín con otros tres músicos. Al preguntarle “¿Ya están tocando?”, la reina, imperturbable, respondió: “¿Qué quieren decir con ‘ya’? ¡No hemos parado desde ayer a la noche!” Y siguió tocando…

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    En los bosque del palacio real de Laeken, la reina Isabel tenía grandes amigos: los pájaros, a quien consideraba músicos por naturaleza. Los escuchaba silbar durante horas y plasmaba sus temas musicales en libros de pentagramas para después interpretarlos en su violín. Otro de sus grandes amigos fue Albert Einstein, junto al cual pasó muchas horas interpretando clásicos, él con el piano y ella con su violín.

    Apodada “la Reina Roja”, Isabel viajó regularmente a la ex Unión Soviética, un país que la fascinaba. Sin pelos en la lengua, la reina confesaba su admiración por Castro y Lenin, y que el sistema comunista está lejos de ser perfecto, que necesitaría de varias generaciones para alcanzar sus objetivos, pero que es el que más se interesaba por la vida de las personas.

    LA MUJER QUE “DESCUBRIÓ” A TUTANKAMON

    A Isabel de Bélgica le apasionaba todo: las ciencias, las artes, las religiones, las culturas… Era tan curiosa que llegó a ser una las primeras mujeres europeas en entrar en la tumba del faraón Tutankamón en el Valle de los Reyes en Egipto en 1923. Jean Capart, padre de la egiptología belga, fue su guía en la expedición que llevó a penetrar uno de los monumentos funerarios más apasionantes de la historia. “El 22 de noviembre de 1922, Lord Carnarvon y Howard Carter encontraron una tumba en el Valle de los Reyes“, escribe el arqueólogo e historiador Patrick Weber. “Cuando oyó la noticia, Isabel se emocionó. La pared que separaba la antecámara de la bóveda debía ser abierta y la reina deseaba presenciar el acontecimiento (…) Telegrafió a Lord Carnavon para ver si se le permitiría unirse a él y obviamente se le da la autorización“.

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    Artículo publicado originalmente el 8 de marzo de 2020 y actualizado el 23 de noviembre de 2020.

  • Hace 125 años: la boda de una princesa inglesa y un príncipe danés con la bendición de la reina Victoria

    El 22 de julio de 1896, hace 125 años, el palacio londinense de Buckingham se vistió de gala para celebrar el casamiento de la princesa inglesa Maud con el príncipe danés Carlos, quienes una década más tarde serían coronados en Oslo como la reina Maud y el rey Haakon VII de Noruega.

    Maud era una de las hijas del entonces príncipe de Gales (futuro rey Eduardo VII) y nieta de la reina Victoria de Inglaterra, que llevaba entonces 59 años de reinado. Su novio era, a la vez, su primo hermano, dado que era hijo del rey Federico VIII de Dinamarca, hermano de la princesa de Gales.

    Un retrato de Laurits Regner Tuxen, terminado en 1897 y actualmente propiedad de la Royal Collection Trust del Reino Unido, retrata a la reina Victoria, sentada, estrechando la mano de su nieta en el momento de su boda, que se celebró en la Capilla Privada de Buckingham.

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