Años antes de que el príncipe Carlos se casara con Lady Diana Spencer, la prensa británica se hizo un banquete con las posibles “novias” del heredero al trono, una lista que incluía a riquísimas aristócratas, a amigas de la juventud y a princesas como Carolina de Mónaco. Una de las “pretendientes” más famosas fue la hija mayor de los grandes duques de Luxemburgo, la princesa Marie-Astrid, cuya fotos aparecieron ávidamente en la prensa sensacionalista de Londres.
Un viaje de la reina Isabel y el príncipe Carlos a Luxemburgo, a finales de los años 70, alimentó los rumores sobre los preparativos de un compromiso real. El enlace hubiera unido aún más a dos familias reales muy cercanas, ya que el padre de Marie-Astrid, el gran duque Juan (1921-2019) fue durante su juventud amigo de Isabel II y su hermana, Margarita, y pasó con ella largas temporadas antes y durante la II Guerra Mundial.
Algunos informe serios dijeron que la reina Isabel “consideró” una buena idea casar a Carlos, que permanecía soltero a sus 30 años, con Marie-Astrid. Y algunos periódicos británicos afirmaron que el palacio la consideraba “adecuada”. El problema, sin embargo, residía en que la joven era católica y no estaba dispuesta a renunciar a su fe para ser reina de Inglaterra, condición inexpugnable para ser coronada.
La princesa luxemburguesa con la que Carlos no se casó en realidad era mucho más cercana a su edad que Diana Spencer, ya que Marie-Astrid nació el 17 de febrero de 1954, solo seis años después que el príncipe. Hija mayor del gran duque Juan y de su esposa, Josefina-Carlota de Luxemburgo, la princesa fue bautizada como Marie-Astrid Liliane Charlotte Léopoldine Wilhelmine Ingeborg Antoinette Élisabeth Anne Alberte.
Educada en el seno de una familia real con una profunda devoción católica, Marie-Astrid tuvo cuatro hermanos: el actual gran duque Enrique de Luxemburgo, la princesa Margarita, el príncipe Juan y el príncipe Guillermo. En 1964 la joven de 10 años presenció la entronización de su padre como nuevo soberano, tras la abdicación de su abuela, la gran duquesa Carlota.
Educada en Luxemburgo y Bélgica -donde su tío Balduino era rey-, Marie-Astrid obtuvo un diploma como enfermera a los veinte años y se especializó posteriormente en medicina tropical. Desde entonces, fue presidenta de la Cruz Roja para la Juventud de Luxemburgo y se dedicó, discretamente, a apoyar las tareas de beneficencia y asistencia humana. Además, todavía participa en diferentes organizaciones sanitarias y culturales, aunque su presencia no es frecuente en los actos oficiales de la familia real luxemburguesa.
El estatus real de Marie-Astrid cambió radicalmente cuando se casó con otro príncipe. El 6 de febrero de 1982 se casó en la Catedral de Notre-Dame de Luxemburgo con un primo lejano, el archiduque Carl-Christian de Austria, nieto del último emperador austrohúngaro, Carlos I de Habsburgo, cuya esposa, la emperatriz Zita, era hermana del abuelo de Marie-Astrid, el príncipe Félix de Borbón-Parma.
Con este matrimonio, la princesa asumió los títulos de “Su Alteza Imperial, Archiduquesa Marie-Astrid de Austria, Princesa Imperial de Austria, Princesa Real de Hungría, Croacia y Bohemia”, que sumó a sus títulos de nacimiento: “Su Alteza Real, Princesa de Luxemburgo, Princesa de Nassau y Princesa de Borbón-Parma”.
En apenas décadas, el Principado de Liechtenstein, en el centro de Europa, pasó de ser un estado agrícola a un lugar industrial y de servicios reconocido internacionalmente. Y sin duda, el príncipe Hans-Adam II, que cumplió 77 años este 14 de febrero, jugó un papel importante en esto.
Desde 1989, el príncipe Hans Adam es el jefe de Estado del único país del mundo que debe su nombre a un apellido familiar y dirige hoy una dinastía con US$4.400 millones en sus arcas según el Índice de Millonarios Bloomberg, es la dinastía reinante más rica de Europa.
El príncipe es dueño de un exclusivo banco privado y posee tierras, castillos, dos palacios en Viena, inversiones desconocidas, una valiosa colección renacentista que incluye obras de Rembrandt y Rubens y, lo más importante, un banco privado cuyos clientes son empresas y billonarios llamado LGT Group.
Hans Adam se casó con la condesa Marie von Wchinitz en 1967.
Hijo mayor de los fallecidos príncipes Francisco José II y Gina (ambos fallecidos con pocos días de diferencia en 1989, tras 50 años de matrimonio), Hans-Adam II vive en un castillo construido en un acantilado aunque sus propiedades inmobiliarias en el extranjero son más vastas que el propio principado.
“Desde que era muy joven estuvo involucrado en la conducción del país y, después de obtener una licenciatura en Economía y Negocios de la Universidad de San Gallen en Suiza, su padre le encomendó que reorganizara el imperio familiar, para mejorar la eficiencia de su gestión”, explicó la BBC.
En 1967, el príncipe se casó con la condesa Marie-Aglaé Kinsky von Wchinitz und Tettau, nacida en Praga en 1940, cuya noble familia fue expulsada cinco años después de lo que entonces era Checoslovaquia y huyera a Alemania.
Como princesa, Marie estuvo, hasta su fallecimiento en 2021, muy comprometida con la promoción de las instituciones sociales. En 2004, Hans Adam delegó la regencia a su hijo mayor, el príncipe heredero Alois, aunque oficialmente es él quien tiene las riendas del poder que le fue confirmado por un referéndum en 2003.
Hans Adam y Marie con los príncipe hereditarios, Alois y Sofía.
El país se rige como hay una Monarquía Constitucional, donde la soberanía del Estado es compartida entre el príncipe y los ciudadanos, pero en 2003 un 64% de la población votó a favor de darle amplios poderes políticos a Hans-Adam II en un referendo constitucional.
Realmente, esa consulta era importante para la supervivencia de la monarquía, porque Hans Adam II había dijo que, en caso de que se redujera su poder, estaría dispuesto a abandonar el país y venderlo a Bill Gates. Según Business Insider, los ciudadanos del principado no pagan impuestos y Hans Adam II no recibe remuneración como jefe de Estado. “Trabajo como un empresario en la mañana para poder vivir como un príncipe en las tardes”, dijo en una entrevista al Daily Telegraph.
Víctor Manuel de Saboya, que este 12 de febrero cumple 85 años, es el último príncipe heredero de Italia y sus chances de reinar algún día son extremadamente remotas.
Su impopularidad personal, tras una vida salpicada de desventuras y controversias, de haber estado en prisión por su participación en un sórdido escándalo de corrupción y prostitución, definitivamente no ayudaron.
A ello se suma el desprestigio histórico de la dinastía italiana por aliarse con el fascismo durante la II Guerra Mundial le impedirían perpetuamente restaurar la monarquía en el país que le prohibió la entrada durante más de medio siglo.
Si Italia todavía tuviera una monarquía, el príncipe Víctor Manuel, nacido el 12 de febrero de 1937 en Nápoles, sería el rey.
Vittorio Emanuele Alberto Carlo Teodoro Umberto Bonifacio Amedeo Damiano Bernardino Gennaro Maria de Savoia, es el único hijo varón del último rey de Italia Umberto II, que antes de morir lo desheredó por no aceptar su matrimonio morganático.
Su madre fue la popular y hermosa reina María José, nacida princesa de Bélgica, quien fue madre, además, de las princesas María Pía, María Beatriz y María Gabriela, y abandonó a su esposo una vez que perdió el trono, tras la caída de la monarquía en junio de 1946.
Umberto II, apodado “el rey de mayo” por haber reinado solo un mes (del 2 de mayo al 9 de junio de 1946) había ascendido al trono en un intento por salvar a la Casa de Saboya después del desastre provocado por Víctor Manuel III, aliado de Mussolini y Hitler que firmó las leyes raciales.
Víctor Manuel tenía solo nueve años cuando su familia se exilió en Portugal. La nueva constitución de la República Italia, que entró en vigor en 1948, impuso una prohibición de regreso a Italia de los miembros varones de la familia Saboya que permanecería en vigor durante 54 años.
En 1970, horrorizó a su padre al optar por casarse con una plebeya y ex campeona de esquí acuático, Marina Doria, que le dio un hijo, Emanuel Filiberto. Tuvieron una primera boda en Las Vegas y una segunda en Teherán como invitados del shah de Irán, cuya amistad del príncipe de Nápoles lo envolvió más tarde en una controversia sobre su papel como intermediario en la venta de helicópteros a Irán.
Pero eso no fue nada comparado con el escándalo que estalló el 17 de agosto de 1978 frente a las costas de Córcega, cuando el príncipe disparó con un un rifle e hirió de muerte a un joven turista alemán. Eso llevó a que fuera arrestado por primera vez, acusado y procesado, y no fue hasta 13 años después que un tribunal de París lo absolvió de homicidio involuntario.
Aunque el príncipe Víctor Manuel ganó el derecho a regresar a Italia en 2002, después de más de medio siglo en el exilio, ha conservado su residencia suiza y vive la mayor parte del tiempo en su chalet en Gstaad o en una villa de 30 habitaciones en Ginebra.
Su regreso a Italia, en 2003, no fue triunfal. La policía antidisturbios disparó gases lacrimógenos en Nápoles para disolver las manifestaciones contra él y su familia por parte de una variedad de monárquicos acérrimos, neofascistas republicanos de línea dura y trabajadores desempleados que gritaban “Fuera de aquí, traidores”.
Tres años más tarde volvió a ser repudiado por los italianos al ser acusado de ejercer como “líder indiscutible” de una red de tráfico de influencias y de proxenetismo, aunque él declaró ante un juez: “Esas señoritas eran para mi consumo personal”. En declaraciones grabadas por la policía, el que hubiera sido rey de Italia dijo: “Ojo, que yo me he convertido en un tipo muy poderoso en Italia, mucho más de lo que esperaba. Ahora rompo el culo a quien me toca los huevos. O se hacen las cosas como yo digo, o el que falla va fuera, ¿entendido?”.
El 9 de febrero de 1977, hace 45 años, la familia real de Jordania recibió la estremecedora noticia de la muerte de la reina Alia, consorte del rey Hussein, en un trágico accidente de helicóptero.
El rey Hussein (1935-1999) tuvo cuatro esposas, de las cuales Alia Toukan fue la tercera. Conoció a la bellísima palestina después de repudiar a la princesa Muna, en 1972. Se casaron ese mismo año y, a diferencia de sus dos primeras esposas, Hussein le otorgó el título de Reina Consorte.
El matrimonio tuvo un hijo, el príncipe Alí, y una hija, la princesa Haya, a los que se sumó una hija adoptiva, Abir Muheisen, todos ellos hermanastros del actual rey jordano, Abdallah II bin Hussein.
Alia asumió un activo papel social en Jordania pero su reinado duró muy poco. Aquel día de 1977 el rey Hussein esperaba a su esposa en el aeropuerto, pero el helicóptero nunca llegó.
La aeronave en la que la reina regresaba tras haber visitado Tafileh, localidad situada a unos 300 kilómetros al sur de la capital, se vio envuelta por una tempestad, y algunas informaciones apuntan la posibilidad de que fuese alcanzado por un rayo.
En el accidente perdieron también la vida el ministro de Sanidad, Mohammad al Bashir y dos coroneles del ejército.
La tumba de la reina Alia yace hoy en el palacete de Al-Hashmiya, en la colina de Hummar, en el que había vivido con el rey, y desde el cual se pueden ver, en los días claros, las murallas de Jerusalén.
Los funerales reunieron a una inmensa cantidad de dolientes en las calles de la capital jordana. La desaparición de la hermosa Alia hizo que Hussein se encerrara por varios días, en una reclusión que incluso puso en peligro la estabilidad de la monarquía.
A pesar de su dolor, la prensa mundial insistió en busca amoríos al rey y se le vinculó románticamente con una espectacular guía de Disneylandia, llamada Honey Rech, de veintitrés años, y más tarde con Margaret Trudeau, la ex esposa del primer ministro canadiense.
En 1978 Hussein se casó con Elizabeth Halaby, de sangre siria y estadounidense, que recibió el nombre de Noor al Hussein (“luz de Hussein”) y con la que tuvo cuatro hijos. Aunque en un principio se dijo que Lisa no recibiría el título de reina, fue proclamada como tal en el momento justo de firmar el contrato matrimonial y se convirtió en la esposa que acompañaría a Hussein por el resto de su vida. “Mi vida ha sido un cúmulo de tragedias, pero ella me ha dado una fuerza y una felicidad que no creía posible volver a encontrar”, dijo él rey.
El 9 de febrero de 1712, hace 310 años, el zar Pedro “El Grande” de Rusia contrajo matrimonio por segunda vez, con Martha Skavronskaya, tras repudiar a su primera mujer, Eudoxia Lupokina. El gran zar y reformador ruso era un ferviente admirador de la belleza femenina, pero incluso las mujeres más encantadoras podían arriesgarse a su desaprobación.
Pedro I de Rusia “adquirió” a su segunda esposa de la misma manera que había conquistado a su amante Anna Mons: se la “robó” príncipe Menshikov. Skavronskaya, una criada de Marienburg, Alemania, había sido capturada por el conde Boris Sheremetev, junto con otros prisioneros, y llevada a su casa. Menshikov se llevó a la bella y afable mujer de Sheremetev, y fue en su casa donde el zar la conoció.
Según François Villebois, un francés que estaba sirviendo en Rusia, Pedro I “miró a Catalina por un tiempo prolongado y, burlándose de ella, dijo que era inteligente. Terminó su discurso humorístico diciéndole que llevara una vela a su habitación cuando ella se fuera a la cama. Era una orden, dijo en tono de broma, pero sin permitir ninguna objeción. Menshikov lo tomó con calma, y la bella mujer, dedicada a su maestro, pasó la noche en la habitación del zar”.
Envió su nuevo amor a la casa de su hermana Natalia, donde Marta aprendió modales rusos y cortesanos. En 1708, fue bautizada en la Iglesia Ortodoxa Rusa y recibió un nuevo nombre, Catalina. Tres años más tarde, Pedro la declaró su esposa, después de lo cual Catalina, que estaba embarazada de seis meses con otro hijo suyo, acompañó al zar en la dura Campaña de la Verdad, durante la cual ella hizo frente a todas las dificultades de una vida en un campo militar admirablemente, impresionando aún más al zar.
En 1713, estableció la Orden de Santa Catalina en su honor.
Al zar le encantaba ver a gran parte de su esposa. Según un relato contemporáneo, “no hubo un solo desfile militar, lanzamiento de barco, ceremonia o festividad donde ella no estuvo presente … Catalina, segura del corazón de su esposo, se burló de sus frecuentes amores, al igual que Livia con Augusto”. Pedro tampoco tuvo miedo de hablar con ella, pero siempre terminaba con las palabras: «Nada puede compararse contigo». Catalina dio a luz a Pedro 11 hijos, pero la mayoría de ellos murió en la infancia, a excepción de Ana y Elisabeth, quien más tarde se convirtió en la emperatriz Elisabeth Petrovna.
La princesa Isabel de Bélgica, primogénita del rey Felipe y la reina Mathilde, cumplió 20 años este 25 de octubre, fecha que la casa real conmemoró con la publicación de un nuevo retrato tomado en la Universidad de Oxford, donde la princesa cursa actualmente sus estudios.
La princesa Élisabeth Thérèse Marie Hélène, titulada Duquesa de Brabante desde que se convirtió en la primera en la sucesión al trono belga, nació el 25 de octubre de 2001 en un hospital de en Anderlecht, en las afueras de Bruselas.
Actualmente Isabel estudia en Lincoln College, una facultad de la Universidad de Oxford. Aprobó con éxito los exámenes de ingreso para el programa de tres años ‘Historia y política’. En 2020, obtuvo su Bachillerato Internacional en UWC Atlantic College en Gales.
En julio de este año, la futura reina completó su año en Ciencias Sociales y Militares en la Real Academia Militar de Bélgica. Antes de su curso de 2 años en Gales, asistió a la escuela secundaria de habla holandesa Sint-Jan Berchmanscollege en Bruselas. Además, asistió al Programa de Becas Globales de Yale Young en la Universidad de Yale.
En septiembre de 2011 completó su primera actividad oficial con la inauguración del Hospital Infantil Princess Elisabeth, el ala de pediatría del Hospital Universitario de Gante. También dio su nombre a la estación de investigación científica belga Princess Elisabeth Antartica Research Station y se convirtió en patrona del buque patrulla naval P902 Pollux.
En junio de 2019 acompañó a su madre en una visita humanitaria de campo a Kenia organizada por Unicef. Un curso introductorio en la Representación Permanente de Bélgica ante las Naciones Unidas en Nueva York completó esta misión.
Según la biografía de la princesa, publicada en el sitio web de la casa real, la duquesa de Brabante es multilingüe y habla con fluidez holandés, francés, alemán e inglés, y “disfruta del esquí, el tenis, la vela y el buceo”.
“A la princesa también le gusta caminar y estar en contacto con la naturaleza”, dice la biografía y agrega: “Ha estado tomando lecciones de piano durante varios años. Como todos los jóvenes de su edad, su gusto musical es variado”.
La larga vida de Miguel I, el último rey de Rumania, quien nació el 25 de octubre de 1921, reunió muchas curiosidades. Fue coronado rey a los seis años de edad: era apenas un niño en edad escolar cuando la muerte de su abuelo, el rey Fernando I, le obligó a convertirse en el jefe de Estado de esta monarquía balcánica.
Posteriormente, se dio la curiosidad de que Miguel fue sucedido en el trono por su padre, Carol II, quien había regresado del exilio para reclamar su derecho al trono, y finalmente sucedió a su padre para reinar por segunda vez. Si el reinado de Miguel I, entronizado en 1927, no hubiera sido interrumpido por la guerra o por el comunismo, hubiera alcanzado 90 años de reinado. Una vida realmente excepcional.
Sin embargo, uno de los mayores logros históricos de Miguel es el haber preservado miles de vidas en la Segunda Guerra Mundial cuando, a los 22 años, tuvo la valentía de arrestar al dictador fascista del país, Antonescu, un amigo y “títere” de Hitler. Acto seguido, Miguel sacó a Rumania del grupo de países aliados de la Alemania nazi y, según muchos historiadores, su acción podría haber salvado decenas de miles de vidas.
Pasaron más de 40 años en los que Miguel, sin trono, ni corona, ni documento rumano, trabajó como mecánico de aviones, agente de bolsa y criador de pollos. Pero cuando Rumania ejecutó a Nicolae Ceacescu, su último líder soviético, Miguel I regresó a su patria natal como un héroe. Para la mayoría de los rumanos, Miguel se había ido como rey y había vuelto como rey.
HIJO DE UN MATRIMONIO ROTO
El príncipe Mihai Hohenzollern-Sigmaringen nació el 25 de octubre de 1921, en el palacio real de Sinaia. Su padre era el príncipe heredero Carol, admirador de Benito Mussolini, inteligente y elegante, gran coleccionista de sellos, que había abandonado Rumania por amor de una mujer, Zizi Lambrino; su madre, la era la princesa Elena de Grecia, sobrina del último káiser de Alemania y bisnieta de la reina Victoria de Inglaterra.
El matrimonio fue un fracaso desde que se concertó en 1920 y, en palabras de la reina María, madre de Carol, fue una historia “espantosa, trágica, llena de insoportables dolor, sufrimiento, pesar, humillación y vergüenza para todos nosotros, que despertó en el país una verdadera tormenta de pasión“. El príncipe Cristóbal de Grecia dijo que fue “un romance que estaba destinado a convertirse en uno de los mas trágicos” del siglo XX y dijo que su sobrina “ha conocido el sufrimiento como pocas otras mujeres”.
En 1925, Carol, conocido en la prensa europea como el “príncipe playboy”, desató la furia de su familia por una aventura romántica que estaba teniendo con una mujer llamada Magda Lupescu. Ella estaba divorciada y a Carol no le importaba estar casado. Renunció a su derecho al trono y se fue de Rumania, dejando al pequeño Miguel como príncipe heredero del reino. Cuando el padre de Carol, Fernando I, murió el 20 de julio de 1927, su nieto se convirtió en rey a los 5 años de edad.
EL REY NIÑO DE RUMANIA
Cuando se le dijo que era el rey, se dijo que Miguel respondió: “¿En serio?” Cuando se le aseguró que, de hecho, él era el rey, pidió un pedazo de pastel de chocolate. Como futuro rey, Miguel fue bien educado: tenía niñeras inglesas, francesas y alemanas para enseñarle los idiomas y profesores que le enseñaron lo necesario para saber tomar decisiones de Estado. Pronto adquirió un gran sentido de la dignidad real y recibió una bofetada de su madre cuando, una vez, el niño le respondió: “Señora, yo soy el rey y quiero ser obedecido“.
En junio de 1930, el príncipe Carol, cansado de su vida de “bon vivant” por Europa, regresó a Bucarest para renunciar a su renuncia: los rumanos quedaron espantados al ver al “hijo prógido” de la monarquía regresar a ocupar el lugar que había abandonado. Sin embargo, el gobierno estaba en crisis y se aceptó la entronización de Carol II. Miguel, que tenía 9 años, volvió a ser el príncipe heredero y su nuevo papel no le disgustaba: “Estaba terriblemente cansado de usar pantalones largos y un sombrero rígido e ir a lugares en los que no quiero ir para nada“.
LA GUERRA LE CAMBIA LA VIDA
Al inicio de la Segunda Guerra Mundial, Carol II intentó aprovechar el caos político de su país al declarar una “dictadura real”, pero la Unión Soviética y Alemania lo engañaron para apoderarse del territorio rumano. Para aplacar a los indignados fascistas y militares rumanos, Carol II eligió al brutal general Ion Antonescu para dirigir su gobierno. En septiembre de 1940, el general se volvió contra el rey Carol y lo obligó a abdicar. Carol II partió nuevamente al exilio y rara vez volvió a ver a su hijo.
Miguel tenía entonces 18 años y volvió a ser rey, o más bien un “rey títere” dirigido por el dictador Antonescu. Miguel permitió el regreso de su madre desde el exilio, pero la atmósfera cortesana era agobiante. El rey rara vez aparecía en público y el gobierno solo le soliticaba su presencia en actos protocolares o simbólicos, como revistar a las tropas. Pero a medida que el joven rey maduró se preparó para actuar, algunos dicen, gracias a la influencia de su madre.
Aunque su corte era digna y sobria, y su madre, dulce y hermosa, le prestaba elegancia, había en ella una atmósfera de tristeza y le faltaba el vigor y la animación de otros tiempos. Pero Miguel era demasiado joven para recordar los alegres días de sus abuelos. Su juventud había sido demasiado triste y se dice que, en cierta ocasión, observó tristemente: “Cuando necesitaba una madre, tuve un padre; cuando necesité un padre, tuve una madre”.
EL SEGUNDO REINADO
Miguel I se alió en secreto con las fuerzas antigubernamentales que estaban cobrando fuerza a medida que Alemania comenzaba a perder la guerra. Esta alianza al principio fue secreta, pero a mediados de 1944 Miguel emergió como un símbolo del descontento popular y presionó a Antonescu para que se rindiera a los soviéticos. El general se negó. El rey lo convocó al palacio y le dio nuevamente la orden, golpeando una mesa para enfatizar.
El general nuevamente se negó. De inmediato, Miguel I pronunció las palabras en clave preestablecidas, y tres soldados y un oficial se adelantaron para arrestar al general Antonescu. El dictador fue encerrado en una bóveda donde el padre de Miguel había guardado su preciada colección de sellos reales dentro del palacio de Bucarest. Acto seguido, Miguel renunció a la alianza de Rumania con el Tercer Reich.
Cuando los políticos le advirtieron a Miguel sobre los peligros que aquella decisión significaría para la Corona y para Rumania, él se encogió de hombros y Rumania se convirtió en el primer “satélite” del Eje en traicionar a Hitler. La venganza del “Fuhrer” no se hizo esperar y el golpe aceleró la toma soviética del país. Para 1947, la Guerra Fría había comenzado y Josef Stalin había ordenado a Rumania deshacerse de su rey.
ABDICACIÓN A PUNTA DE PISTOLA
El primer ministro de Rumania, el soviético Petru Groza, fue persuasivo: amenazó al rey con ejecutar a 1.000 de los partidarios de Miguel, y al propio rey, si no abdicaba. “Fue un chantaje“, dijo Miguel en una entrevista al “New York Times”. “Dijeron: ‘Si no firmas esto de inmediato, ‘estamos obligados’ (…) a matar a más de 1.000 estudiantes que tenían en prisión.” Miguel, el último monarca detrás de la cortina de hierro, abdicó a punta de pistola el 30 de diciembre de 1947.
Miguel abandonó su país acompañado por más de 30 familiares y amigos en un tren de ocho vagones que transportaba, entre otras cosas, cuatro automóviles estadounidenses, nueve cajas de ginebra y tres escopetas. El nuevo gobierno rumano aseguró que Miguel había robado valiosas pinturas pertenecientes al Estado, pero siempre lo negó.
En noviembre, un mes antes de su derrocamiento, el rey miguel había asistido a la boda de su querido primo y compañero de infancia, el príncipe Felipe de Grecia, con la princesa Isabel de Inglaterra y el príncipe Felipe de Grecia. Allí, en una recepción que se ofreció en la embajada de Luxemburgo en honor a Isabel y Felipe, Miguel I conoció a la princesa católica Ana de Borbón-Parma. Ambos recordaría más tarde que se enamoraron instantáneamente.
La pareja se casó en una ceremonia ortodoxa en Atenas en junio de 1948 después de que el Papa Pío XII se negara a permitir que Anne, que era mitad francesa y mitad danesa, se casara con un no católico. La familia de Ana se abstuvo de participar en la boda y los reyes de Grecia ofrecieron su palacio para la celebración. La pequeña princesa Sofía de Grecia, futura reina de España, sería una de las damitas de honor de la novia.
Sin dejar nunca de informarse sobre todo lo que acontecía en Rumania, reuniéndose en secreto con personajes de la politica y la sociedad rumana y recibiendo informes confidenciales y noticias semanalmente, Miguel comenzó a ganarse la vida en la compañía suiza “Lear Aircraft”, donde se desempeñó coomo supervisor de pilotos, y más tarde trabajó como agente de bolsa. Con recursos muy modestos, comenzó a trabajar en su pasión personal, la mecánica, como director técnico de una empresa de material electónico para aviones.
El primo de la reina, nació el 9 de octubre de 1935 y se convirtió en duque a los 6 años, al morir su padre en un accidente de aviación. Isabel II siente una gran admiración y respeto por él.
Primo hermano de la reina Isabel II, el duque de Kent nació el 9 de octubre de 1935 en la casa de su familia en el número 3 de Belgrave Square, Londres. El secretario del Interior, Sir John Simon, estuvo presente para verificar el nacimiento, como era tradición en la monarquía inglesa desde finales del siglo XVII.
El niño, nieto del rey Jorge V, fue bautizado en la Capilla Privada del Palacio de Buckingham el 20 de noviembre de 1935 por el arzobispo de Canterbury Cosmo Lang, y sus padrinos fueron sus abuelos paternos Jorge V y la reina María, su abuelo materno, el príncipe Nicolás de Grecia; su tío el Príncipe de Gales ; su tía la princesa María; su tío bisabuelo el duque de Connaught (hijo de la reina Victoria); y su tía bisabuela la princesa Luisa, duquesa de Argyll (también hija de Victoria).
El padre del príncipe Eduardo fue el príncipe Jorge, duque de Kent (1902-1942) y su madre fue la princesa Marina, hija del príncipe Nicolás de Grecia y de la gran duquesa Elena Vladimirovna de Rusia, lo cual es descendiente de los reyes de Grecia y Dinamarca y de los zares de Rusia. La familia de los duques de Kent se amplió un año más tarde, con el nacimiento de la princesa Alejandra, y en 1942 nació el último hijo, el príncipe Miguel. En 1942, su padre, el príncipe George, entonces duque de Kent, murió en un accidente aéreo durante la guerra cerca de Caithness en Escocia mientras estaba en servicio activo. Fue entonces cuando el príncipe Eduardo, de 6 años de edad, heredó los títulos de duque de Kent, conde de St. Andrews y Barón Downmpatrick.
El duque fue a la escuela preparatoria Ludgrove en Berkshire (a la que más tarde también asistió el príncipe Harry) y luego pasó a estudiar en Eton, donde le gustaba remar. Su madre, la duquesa viuda de Kent, perdió su asignación oficial y debió mudarse al campo con sus tres hijos, donde fueron criados de forma muy simple. La princesa Marina quedó sumergida en una pobreza refinada, pero continuó con su trabajo como Comandante del Servicio Naval Real de Mujeres, o Wrens, hasta su muerte en 1968. Los únicos lujos que la familia podía darse eran los que compraban con el dinero que la abuela, la reina María, enviaba a sus nietos de sus fondos privados. Posteriormente, el joven pasó a estudiar en Le Rosey en Suiza, donde fue capitán del equipo de esquí de regimiento en los campeonatos del Ejército.
Cuando su tío, el rey Jorge VI, murió en 1952, el duque de Kent caminó en la procesión detrás del ataúd del monarca durante el funeral de estado. Un año después, en 1953, asistió a la coronación de su prima, la reina Isabel II, y por tener el rango de Duque real durante el servicio de coronación hizo una promesa de lealtad al soberano, después del príncipe Felipe y de su tío, el duque de Gloucester. Ese año, el joven duque acompañó a la princesa Marina en una gira de un mes por el Lejano Oriente y posteriormente se unió a la Royal Military Academy Sandhurst en Surrey, donde ganó el premio Sir James Moncrieff Grierson de idiomas extranjeros y se graduó como intérprete de francés.
En 1961, el duque de Kent se comprometió con la señorita Katharine Worsley, una joven maestra hija de una familia burguesa que conoció a su novio mientras él tenía su base en la base del ejército de Catterick Camp en Yorkshire. Una espectacular boda se celebró en la ciudad de York el 8 de junio del mismo año en presencia de toda la familia real británica y representantes de otras monarquías, como el príncipe heredero Harald de Noruega, la princesa heredera Margarita de Dinamarca, Irene de Holanda, el heredero del trono griego, Constantino, con su hermana Sofía, la reina viuda Victoria Eugenia de España con su hijo, don Juan, y su nieto Juan Carlos, la reina madre Helena de Rumania, entre otros.
Sir Richard Buckley, quien fue secretario privado del Príncipe Eduardo durante 28 años, recuerda a Katharine como “una novia de cuento de hadas”.
Los Kent se establecieron en Anmer Hall en Sandringham Estate de la reina, ahora hogar del duque y la duquesa de Cambridge, que era el lugar ideal para criar a sus hijos tres hijos (George, conde de St Andrews, Lady Helen y Lord Nicholas). Sir Richard describió al duque como un padre “devoto” y, en su ancianidad, sigue siendo un hombre de familia comprometido y, como fotógrafo entusiasta, disfruta fotografiándolos a todos juntos.
En años reciente, sin embargo, hubo informes que indicaban que la duquesa podía ser agorafobia y que estaban sufriendo problemas maritales, ninguno de los cuales fue comprobado. Sir Richard Buckley fue testigo de la influencia positiva de Katherine sobre su esposo, quien, cuando asumió sus cargos reales en el extranjero, era bastante tímido. Katharine, que era “una duquesa muy moderna y una gran fan de Pink Floyd”, le dio confianza al príncipe Eduardo. Actualmente el duque, que prefiere ser conocido como “Príncipe Eduardo”, aún es patrocinador, presidente o miembro activo de más de 100 organizaciones benéficas y organizaciones.
Actualmente, los duques viven en Wren House, una casa ubicada dentro del palacio londinense de Kensington, y en Oxfordshire. El duque cuenta la música y la ópera; ingeniería, innovación y ciencia; e historia militar entre sus intereses. A la vez, mantiene estrechos vínculos con el ejército en la actualidad y tiene varios nombramientos de alto nivel y visita sus regimientos con regularidad. También realizó varias visitas tanto a Irak como a Afganistán para visitar sus regimientos cuando estaban involucrados en operaciones de combate en esas regiones.
Según Sir Richard, el duque “nunca pierde los estribos ni se enoja”, tiene buen ojo para los detalles y una memoria excelente, a menudo recuerda los nombres de las personas a las que solo vio una vez. La reina, que eligió al duque de Kent como compañero en el desfile de su cumpleaños cuando su esposo no pudo estar, siente una gran admiración y respeto por su primo.
Hace 380 años: nació Madame de Montespan, una envenenadora en la cama del Rey Sol
Isabel de Valois, reina consorte de España, murió a los veintitrés años tras una breve enfermedad y un parto prematuro el domingo 3 de octubre de 1568 en el Palacio Real de Aranjuez. Dio a luz a una niña que murió pocas horas antes que su madre. El esposo de Isabel, el rey Felipe II de España, estaba a su lado cuando ella falleció y quedó en estado de shock y gran dolor por su muerte. Los íltimos tiempos habían sido particularmente dolorosos para la reina.
En 1657, Isabel dio a luz a una niña, Catalina, y volvió a quedar embarazada poco después. En ese tiempo, ocurrió algo que afectó mucho a la reina: el 18 de enero de 1568, Felipe encarceló a su hijo Don Carlos, mentalmente inestable, y se le impidió heredar el trono de España. Don Carlos moriría más tarde en cautiverio y, cuando Isabel se enteró de la detención, lloró sinceramente y comentó que Don Carlos nunca había sido más que amable con ella. Ella sufría de depresión por el asunto. Pasó su embarazo relajándose, jugando a las cartas, tejos y tirando dados, disfrutando de las bromas de sus tontos y viendo obras de teatro hasta septiembre de 1568, cuando enfermó y engordó mucho. Se desmayaba con frecuencia, tenía ataques de temblor y tenía debilidad y entumecimiento en el lado izquierdo. No podía dormir y no podía comer.
Los médicos la desangraron y le aplicaron inyecciones mientras el rey la consolaba. El 3 de octubre de 1568, Isabel y Felipe escucharon misa juntos. Isabel le pidió a Felipe que le prometiera que siempre apoyaría a su hermano el rey Enrique III y que protegería y cuidaría a sus sirvientes. El rey lo prometió. Isabel dijo que siempre había rezado para que él tuviera una larga vida y que hiciera lo mismo cuando ella llegara al cielo, y Felipe se derrumbó. Unas horas más tarde, Isabel dio a luz a una niña. Varias horas después, tanto la reina como su hija estaban muertas.
El cuerpo de Isabel de Valois fue embalsamado el mismo día y colocado en un ataúd cubierto de terciopelo negro ricamente adornado con los emblemas del rango real. Mientras tanto, la capilla del palacio se cubrió con tela negra bordada con emblemas como los lirios de Valois y las armas y cifrados del rey Felipe. La habitación estaba iluminada con muchas velas encendidas de cera blanca. El catafalco se encontraba ante el altar mayor con cuatro escudos en cada esquina que representaban las armas y los escudos heráldicos de Valois y Habsburgo.
Durante la tarde, personas con velo y vestidos con largas túnicas de luto llenaron la capilla. Estos no eran actores contratados para la ceremonia, sino verdaderos dolientes. El embajador francés Brantôme afirmó que “nunca la gente había mostrado tanto cariño. El aire se llenó de lamentos y de apasionadas demostraciones de dolor: porque todos sus súbditos miraban a la reina con sentimientos de idolatría, más que con reverencia”. A la ceremonia asistieron todos los caballeros y damas de la casa de la reina, el clero de Madrid, los jefes de las casas religiosas, hombres y mujeres, los embajadores extranjeros, los magistrados de Madrid y el gobernador militar.
Al caer la noche, la procesión fúnebre recorrió las largas galerías del palacio desde los aposentos de la reina muerta hasta la capilla real. Afuera, las armas tronaron y las campanas repicaron. El cuerpo de la reina fue llevado por cuatro grandes de España y precedido por el alcalde de la reina Don Juan Manrique. Su principal dama de honor, la duquesa de Alba, caminó tras el ataúd vestida con largas túnicas de luto. Luego vino una fila de damas nobles y caballeros.
El portal de la capilla se abrió de par en par y el féretro fue recibido por el nuncio papal Casteneo y el cardenal Espinosa seguido por el clero de Madrid. Mientras la procesión pasaba hasta el coro, se escuchó el canto del Réquiem. El ataúd se colocó sobre caatafalco y se cubrió con un manto de brocado de oro y se remató con la corona real, manto y cetro y un pequeño vaso de agua bendita.
Comenzó el oficio del reposo de los muertos. Los sonidos de los sollozos ahogados de las mujeres de la casa de Isabel se escucharon durante los cánticos de los sacerdotes y los sonidos de los lejanos murmullos de las multitudes en la calle y la avenida que conducía al palacio eran audibles. Al final del servicio, el nuncio dio la bendición. Todos salieron de la capilla excepto los que habían sido elegidos para realizar una vigilia por el cadáver.
QUIÉN FUE ISABEL DE VALOIS. Isabelle (llamada Isabel en España) nació el 2 de abril de 1545 en el palacio real de Fontainebleau y fue la segunda hija del rey Enrique II de Francia y su esposa Catalina de Médicis. Sus hermanos fueron los sucesivos reyes Francisco II, Carlos IX y Enrique III, los últimos monarcas de la dinastía Valois. El tratado de paz de 1559 entre Francia y España se selló con el compromiso de Isabel y el rey Felipe II de España (proporcionando una dote de cuatrocientas mil coronas de oro a la corona española) y de la hermana de Isabel, Margarita, con Emanuel Filiberto de Saboya. Las celebraciones coincidieron con el terrible accidente de Enrique II durante un torneo de justas, que le causaron la muerte tras mucho tiempo de agonía. Felipe no era fiel a Isabel, pero parecían disfrutar de la felicidad doméstica. Quedó embarazada y Felipe comenzó a pasar dos horas al día con ella y le mostró un gran cariño. Él estaba a su lado cuando dio a luz a la infanta Isabel Clara Eugenia el 12 de agosto de 1566. Embarazada en varias oportunidades sin poder proporcionar un heredero varón, la salud de Isabel se deterioró rápidamente.
La duquesa de Alba, velada con un velo, se sentó en una silla a la cabeza del ataúd vestida de negro. Don Juan Manrique se encontraba al pie del féretro sosteniendo su varita de oficio. Otros miembros de la casa se arrodillaron alrededor de la plataforma. Los soldados del guardaespaldas del rey sostenían antorchas, haciendo guardia dentro de la capilla aún iluminada con numerosas velas.
En medio de la noche, el rey Felipe entró en la capilla asistido por su medio hermano Don Juan de Austria y sus amigos Ruy Gómez y Don Hernando de Toledo. Avanzó lentamente hacia el féretro, se arrodilló a la cabeza del féretro y permaneció absorto en la oración durante un buen rato con los tres hombres de pie en silencio e inmóviles detrás de él. Nadie traicionó la presencia del rey en la capilla. Finalmente, Felipe se levantó, tomó el aspergillum, roció el ataúd con agua bendita y salió de la capilla. Abandonó el palacio asistido por sus tres compañeros y se dirigió al monasterio de San Gerónimo para rezar y meditar.
A la mañana siguiente, muchos de los más grandes eruditos, nobles y damas se reunieron en la capilla del palacio para escoltar el cortejo fúnebre hasta el convento carmelita de Las Descalzas Reales, donde Isabel sería enterrada temporalmente hasta que se terminara el mausoleo de El Escorial. El ataúd fue llevado por las calles por los mismos cuatro hombres del día anterior. El palio lo sostuvieron sobre el féretro los duques de Arcos, de Naxara, de Medina de Rioseco y de Osuna. Junto al féretro marchaban los marqueses de Aguilar y de Poza, los condés de Alba, de Liste y de Chinchon.
Las calles se habían adornado con crespones y banderas negras y muchos espectadores se alineaban en la ruta de la procesión para mirar y derramar lágrimas. En el portal de la iglesia de las Carmelitas, la procesión fue recibida por el nuncio papal Castaneo, Espinosa y Frexnada, obispo de Cuença que había sido elegido para realizar los ritos funerarios. También estuvo presente el arzobispo de Santiago, gran limosnero de España. Detrás de los prelados estaban la abadesa Doña Inez Borgia y las monjas de Descalzas.
Después de la misa, el ataúd fue depositado en un nicho excavado cerca del altar mayor. Luego, se realizó una parte importante de la ceremonia que era requerida para los soberanos españoles. El cadáver debía ser identificado por ciertos personajes designados por el rey. El obispo de Cuença primero bendijo el sepulcro. La tapa fue levantada por la duquesa de Alba y por Don Juan Manrique. De pie alrededor de la tumba como testigos estaban: el nuncio papal Castaneo, el cardenal Espinosa, el embajador francés de Fourquevaulx, el embajador portugués Don Francisco Pereira, los duques de Osuna, Arcos y Medina, el marqués de Aguilar, los condés de Alba, de Chinchon, Don Enríquez de Ribera, don Antonio de la Cueva, don Luis Quexada señor de Villagarcia, presidente de la junta de indios, y los archiduques Rodolfo y Matías, sobrinos de Felipe.
Cuando se quitó la tela mortuoria, los cadáveres de Isabel y su pequeña hija eran visibles. La duquesa de Alba vertió en el féretro bálsamo y perfumes finamente pulverizados que habían sido preparados especialmente para la ocasión. También esparció racimos de tomillo y flores fragantes. Luego se cerró el ataúd y se selló con el sello real. En el acto, el subsecretario de Estado, Martín de Gatzulu, redactó un acta de las actuaciones y fue firmada por todos los testigos. El confesor del convento y uno de sus compañeros se adelantaron para hacerse cargo de los restos de la reina hasta que fueran trasladados. Se cerró la tumba y se terminaron las ceremonias del día.
Durante nueve días se recitó el rezo de los muertos en todas las iglesias de Madrid. Mañana y tarde, el tribunal asistió al servicio realizado en la ermita de Las Descalzas en el que estuvo siempre presente la hermana de Felipe, Doña Juana. Felipe escuchaba el servicio dos veces al día en la capilla de San Gerónimo. Durante los nueve días completos, Felipe permaneció en soledad, sin hablar con nadie y rara vez salía de la galería elevada sobre el altar mayor de la capilla orando y meditando. Se suspendieron todos los asuntos del Estado y se ordenó mediante proclama en toda España un duelo general por la reina.
El 18 de octubre, en la iglesia de Nuestra Señora de Atocha, se escuchó una misa solemne por el reposo del alma de la reina en presencia del rey. Fue la ceremonia más imponente y magnífica hasta ahora, realizada a la luz de las antorchas. El obispo de Cuença pronunció la oración fúnebre que fue bien recibida por el público. Una oración similar se hizo en Toledo, Santiago y Segovia, así como en otras catedrales de España. Otro servicio conmemorativo se llevó a cabo en Francia, la tierra natal de la reina Isabel, en la catedral de Notre-Dame en París el 24 de octubre. Así, la Reina de España recibió suficiente y majestuoso tributo.
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