Autor: dsilvadandrea@gmail.com

  • Con pompa y esplendor, la reina Isabel presidió la apertura del Parlamento británico

    La reina Isabel II de Inglaterra, inauguró este miércoles las sesiones del Parlamento británico en una esplendorosa ceremonia que reúne tradición y solemnidad. La reina, que este año celebra 90 años de edad, fue llevada en un carruaje del Palacio de Buckingham al Parlamento de Westminster, acompañada por su esposo Felipe, duque de Edimburgo, de 94 años de edad.

    En su calidad de jefa de Estado, la reina Isabel leyó el discurso que cada año es preparado por el gobierno y aprobado por el Consejo de Ministros, que contiene iniciativas de ley que serán discutidas y aprobadas en el presente año legislativo. La ceremonia de apertura del Parlamento británico es el acto anual que marca el inicio de la sesión de la Cámara y que se remonta al siglo XVI. Tradicionalmente el discurso se grababa en una vitela de piel de cabra, aunque desde 2013 se utiliza un pergamino.

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    El protocolo actual data de 1852, cuando el Palacio de Westminster fue reconstruido tras ser devorado por las llamas. Algunas tradiciones que se mantienen hoy en día tienen un propósito meramente ceremonioso. Por ejemplo, antes de la llegada de la monarca, los alabarderos de la corona (el cuerpo personal de guardaespaldas de la reina y la más antigua de las unidades militares) registran los sótanos del palacio en recuerdo del atentado que frustaron en 1605. Aquel año, un grupo de conspiradores católicos intentó volar el Parlamento para acabar con la vida de Jacobo I de Inglaterra y decapitar al Estado.

    Otro ritual simbólico que aún se conserva es la “Entrega del rehén”, una tradición se remonta al reinado de Carlos I, quien mantuvo una difícil relación con el Parlamento antes de ser decapitado. Para garantizar su seguridad, el rey tomaba como rehén a un diputado que debía permanecer en el Palacio de Buckingham durante toda la ceremonia de apertura y sólo era liberado cuando el rey regresaba sano y salvo.

    El rey recorre el trayecto que va de Buckingham a Westminster en un coche tirado por caballos y acompañado por su consorte (hoy, el duque de Edimburgo). La Corona Imperial del Estado viaja en un carruaje distinto que dirige la comitiva desde la Torre de Londres, desde la cual la joya es retirada una sola vez al año. Una vez en Westminster, la reina se viste con la Corona y la capa de armiño en una dependencia privada y más tarde se encamina hacia la Cámara de los Lores, donde pronunciará su discurso.

    Cuando la reina toma asiento en el trono de la Cámara de los Lores, el Caballero Ujier del Bastón Negro se dirige a la Cámara de los Comunes para convocar a los parlamentarios en la Cámara de los Lores. Cuando se acerca a los Comunes, la puerta se cierra ante él, obligándole a llamar. Ese protocolo simboliza la independencia del Parlamento con respecto a la Corona. El Bastón Negro debe llamar tres veces antes de ser invitado a entrar. Acto seguido, los diputados se trasladan por parejas a la Cámara de los Lores.

    En sus 64 años de reinado, Isabel II se ausentó de la ceremonia parlamentaria solamente en dos ocasiones por estar encinta: en 1959 y en 1963, cuando estaba embarazada de los príncipes Andrés y Eduardo, respectivamente. En tales ocasiones, el discurso es leído por el Lord canciller. La reina Victoria (1837-1901) también se ausentó de la ceremonia en varias ocasiones debido al largo luto que mantuvo tras la muerte del Príncipe Consorte Alberto. En los últimos 34 años de su largo reinado, sólo asistió a la ceremonia de apertura siete veces.

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  • “¡Tenemos la menor cantidad posible de Rey, pero tenemos Rey!”

    El 17 de mayo de 1886, hace 130 años, la reina María Cristina de España daba a luz a su hijo varón. Su esposo, el rey Alfonso XII, había muerto meses atrás y el matrimonio tenía dos hijas mujeres, María de las Mercedes y María Teresa. La reina viuda, sin embargo, pidió al gobierno no proclamar reina a la mayor de sus hijas. ¿La razón? María Cristina estaba embarazada y, si el bebé que esperaba era un varón, le correspondería ser el nuevo rey de España.

    Nacido, contrariamente a lo natural, rey y no príncipe, Alfonso XIII vino al mundo a los 173 días de la muerte de su padre, y mientras su enlutada madre ejercía la regencia de España. Su llegada al mundo fue una explosión de alegría popular que hizo exclamar al presidente Sagasta cuando comunicó la dichosa noticia: “¡Tenemos la menor cantidad posible de Rey, pero tenemos Rey!”.

    Según relata la infanta Eulalia de Borbón, “las horas que precedieron al alumbramiento de María Cristina fueron de una extraordinaria tensión nerviosa para los cortesanos y el pueblo madrileño, que llenaba de bullicio la Plaza de Oriente. Las horas de aquel día histórico pasaban con lentitud, y cada minuto transcurrido se alargaba en nuestra ansiedad. En la capilla ardían centenares de cirios y numerosas damas de la corte se reunieron a orar mientras la familia real y los altos dignatarios y miembros del Gobierno aguardábamos en un salón contiguo a la regia cámara. Durante horas reinó un silencio nervioso quebrado por el temblor de los rosarios y los suspiros de angustia. Fuera de Palacio no era menor la inquietud y centenares de mujeres del pueblo acudían a las iglesias a rogar mientras los hombres en los cafés y en las calles estaban atentos a todos los rumores”.

    El nacimiento se produjo en el Palacio Real de Madrid a las doce y media, y tras el anuncio oficial la camarera mayor de la reina, la Duquesa de Medina Torres, entregó al presidente del Consejo al niño recién nacido, que fue colocado cuidadosamente en un cojín de terciopelo y éste sobre una bandeja de plata. Así fue presentado el rey niño -de “nariz borbónica y la barba prognática de los Habsburgo”- ante las máximas autoridades civiles, religiosas y militares del reino reunidas desde temprano en Palacio. “Suspiros de alivio”, escribe Eulalia de Borbón, “contenidos gritos de alegría, lágrimas demostradoras de una emoción intensa, acogieron en la vasta sala la noticias, mientras en el parque el cañón iniciaba las salvas. El pueblo abrió un silencio expectante y tembloroso mientras contaba los cañonazos, y cuando sonó el decimosexto, un clamor enorme se elevó hasta el cuelo azul y penetró en los salones, extendiéndose por todo Madrid (…) En las calles, músicas, coplas, alegría desbordante, tumulto de multitud en fiesta. Por primera vez en la historia, había nacido un rey”.

    El hecho de que la reina diera a luz un varón representó un enorme consuelo para la nación española porque su entronización evitaría que España sufriera el flagelo de la violencia, que la había azotado a comienzos del siglo XIX. En los salones de palacio, la grandeza de España, los embajadores, senadores, los altos mandos militares, los príncipes y las infantas fueron los primeros en contemplar al recién nacido rey. Más tarde se reunieron las Cortes y, el mismo día de su nacimiento, Alfonso de Borbón y Austria fue proclamado Rey constitucional de España, mientras su hermana mayor, princesa de Asturias. “Ardió toda España en fiesta”, prosigue su relato la infanta, “en luces de bengala, en campanas echadas a vuelo. Se indultaron presos y se conmutaron todas las penas de muerte que cursaban en los tribunales. Todos experimentamos la grata sensación de que España volvía a encontrarse a sí misma y de que, frente a ella, se extendían despejados los caminos de la historia”.

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    El nombre para ese niño-rey era fue una cuestión a resolver de inmediato. En su lecho de muerte, Alfonso XII, que se había distinguido por ser bastante supersticioso, había dicho a María Cristina que, si llegaba a nacerles un varón a consecuencia del tercer embarazo de ella, no debía llamarse Alfonso. Hacer del niño el Alfonso número XIII (trece), teniendo encima por padrino, según se preveía, al Papa León XIII (trece), era llamar a gritos a la mala suerte, aseguró el enfermo. María Cristina de Habsburgo estuvo de acuerdo. Según parece, Alfonso había sugerido el nombre de Fernando, nombre que la reina María de las Mercedes, la primera mujer de Alfonso XII, había deseado llamar al hijo que tuviese en honor a Fernando III el Santo.

    La cuestión radicaba en que los españoles de entonces no asociarían a un nuevo rey Fernando con Fernando III el Santo; inmediatamente se acordarían del inmediato antecesor homónimo, Fernando VII, que no llevaba buenos recuerdos a la memoria colectiva española. Carlos también resultaba un nombre problemático, debido a la predilección por ese nombre de los pretendientes del carlismo. Los políticos, los cortesanos e incluso el pueblo llano insistían en que el nombre más apropiado era Alfonso en recuerdo de Alfonso XII.

    María Cristina cedió: su hijo se llamaría Alfonso. O, mejor dicho, Alfonso León Fernando María Jaime Isidro Pascual Antonio. La infanta Eulalia fue muy elocuente en una carta remitida en esas fechas a su madre: “Finalmente, el niño de Crista se llamará Alfonso; todo el mundo, desde los Grandes hasta las lavanderas, han insistido tanto que ella ha tenido que aceptarlo”. “¿Qué otro nombre se hubiera podido escoger para continuar la historia de España…?”, se preguntaba un periodista de la época, quien añadía: “El nombre de Fernando no dejó buenos recuerdos a los partidos liberales; el de Carlos tenía connotaciones numéricas desagradables, y recordaba todas las guerras civiles del presente y pasado siglo; el de Luis tenía un precedente desgraciado (…) Había, pues, que resucitar nombres muy lejanos, adoptar uno nuevo, o elegir el que, con verdadero acierto, se ha puesto al niño rey, es decir, el del glorioso nieto de Doña María de Molina…

  • Muere el príncipe Alexander de Yugoslavia a los 91 años

    El príncipe Alexander de Yugoslavia murió este jueves 12 de mayo en París a la edad de 91 años. Alexander Pavlov Karadjordjevic era el hijo mayor del difunto príncipe Pablo de Yugoslavia, quien actuó como regente de Yugoslavia en la década de 1930, y la princesa Olga de Grecia. Nacido el 13 de agosto de 1924, en el White Lodge, Richmond Park (Reino Unido), el príncipe emparentaba con numerosas casas reales.

    El fallecido era primo del último rey de Yugoslavia, Pedro II, del duque de Kent, de la reina Sofía de España, del rey Miguel de Rumania y del duque de Edimburgo, entre otros. Su abuelo, el rey Alejandro Karadjordjevic fue asesinado en 1934 durante una visita a Marsella, Francia. Su primo, Pedro II, gobernó bajo la regencia del príncipe Pablo hasta el derrocamiento de la monarquía en 1945.

    Alexander recibió su educación en el Colegio Eton, donde se educa a los príncipes en Inglaterra, y participó en la Segunda Guerra Mundial como voluntario y piloto de la Real Fuerza Aérea británica con un mínimo de 1.000 horas de vuelo de combate. Tras el final de la Segunda Guerra Mundial, se estableció en París.

    En 1967 contrajo matrimonio con la princesa María Pía de Saboya, hija de los últimos Reyes de Italia, con quien tuvo cuatro hijos: los gemelos Dimitri y Michael (1958) y los gemelos Sergius (1963) y Helene (1963). Con su segunda esposa, la princesa Bárbara de Liechtenstein, tuvo un hijo, el príncipe Dushan (1977).

    El príncipe Alexander se desempeñó como vicepresidente del Consejo de Administración de la Diócesis de Europa Occidental de la Iglesia Ortodoxa Serbia, y era patrón, protector y Gran Maestro de la Orden Soberana y Militar del Dragón, que fundó en 2011 para renovar la tradición de la antigua Orden del dragón.

    También fue patrón del Centro de Investigación del Monarquismo Ortodoxo. Según un comunicado de la Casa Real de Serbia, el príncipe será enterrado en el mausoleo de la familia real en Oplenac, Serbia, donde hace unos años se enterró a sus padres.

  • El exiliado ruso que soñaba ser Príncipe de Andorra

    Por Darío Silva DAndrea

     

    En 1934, el diario argentino “La Nación” publicaba una entrevista a un personaje extravagante. El ruso Boris Skossyreff afirmaba en la entrevista ser el Príncipe de Andorra, reclamando sus derechos al trono de ese pequeño país cuya soberanía comparten España y Francia. Días más tarde, la noticia ocupaba la página 2 del mismo periódico: “Fue arrestado el Príncipe de Andorra”. La aventura monárquica de este embaucador que soñaba con ser príncipe había durado muy poco.

    Políglota y con un elegante monóculo, el noble y exiliado ruso Boris Skossyreff se presentó en 1934 ante el pueblo de Andorra para prometerle prosperidad bajo su cetro: Quería ser su Príncipe. Hombre agradable, distinguido y bien vestido, el barón Skossyreff (nacido en 1896) pertenecía a una familia de la pequeña aristocracia rusa que se había distinguido en los ejércitos zaristas. Aseguraba haber sido oficial de la Armada rusa, agente secreto del Foreign Office británico, funcionario de la reina de Holanda y hasta camarero de un bar, pero nadie le creía nada.

    De viaje por Andorra, convenció a campesinos y obreros de que necesitaban un cambio, aunque el gobierno de ese pequeño enclave le puso límites. Expulsado, empezó a comportarse como un auténtico “monarca”, respaldado por una fuerte campaña de “marketing” que atrajo el interés de la prensa mundial. Concedió audiencias y recepciones oficiales, además de numerosos actos protocolares y sesiones fotográficas para hacer postales y estampillas. Más importante aún: redactó una innovadora “Carta Constitucional Andorrana” que modificaba sustancialmente el sistema político andorrano tradicional, y proclamaba que el Coprincipado tendría libertades, modernización, inversiones extranjeras y el reconocimiento de paraíso fiscal.

    De vuelta en Andorra, se autoproclamó “Boris I, Príncipe de los Valles de Andorra”, imprimió 10.000 ejemplares de su Constitución. Uno de estos, que fue a parar a las manos del obispo de Urgell, monseñor Justí Guitart, desencadenó las hostilidades por parte del prelado, uno de los copríncipes de Andorra. Cuatro guardias arrestaron al fantástico monarca hasta la frontera y luego trasladado a Barcelona, donde fue juzgado según la la «Ley de Vagos y Maleantes». Así finalizó el reinado de Boris I, cuatro días después de su coronación. Se le perdió la pista para siempre y hoy nadie está seguro de cuándo y dónde murió. Lo seguro es que con él murió la fantástica historia del timador que quiso (y lo fue durante cuatro días) ser un príncipe.

  • En fotos: Así festeja Suecia los 70 años del rey Carlos Gustavo

    Suecia celebra este sábado el 70º cumpleaños del rey Carlos XVI Gustavo con gran pompa en Estocolmo, adonde acudieron varios miembros de la realeza mundial, mientras los ciudadanos se apiñaban en las calles de la capital para ver de cerca la procesión real. Las celebraciones de este sábado empezaron con un Te Deum en la capilla del Palacio Real. Después de la ceremonia religiosa, el rey de Suecia recibió a la Guardia Real, tras lo cual el cuerpo de músicos de las Fuerzas Armadas ofreció un programa musical y numerosos niños tuvieron la oportunidad de entregar flores al rey.

    Al mediodía se dispararon 21 salvas de honor para el homenajeado desde el Castillo de Skeppsholmen, tras lo cual el monarca hizo su aparición en el balcón de Lejonbacken junto a la reina Silvia, sus dos hijas, Victoria y Magdalena -acompañadas de sus respectivos maridos, Daniel y Christopher O’Neill- así como su hijo, Carlos Felipe, junto a su esposa Sofía. “Gracias a todos por venir y por hacer que este día sea tan bonito para mí y para mis invitados, llegados desde diferentes países”, les el monarca. A continuación, rey y sus invitados se dirigieron al Ayuntamiento de Estocolmo para asistir a un almuerzo.

    La lista de invitados de la realeza incluía a los reyes Juan Carlos y Sofía de España; la reina Margarita II de Dinamarca con su hermana Benedicta y los príncipes herederos de ese país, el rey Felipe de Bélgica, el príncipe Alberto II de Mónaco, la princesa Beatriz de Holanda, la princesa Marta Luisa de Noruega,  la princesa Takamado de Japón, los exreyes de Bulgaria y los príncipes herederos de Liechtenstein. Los miembros de la familia real Noruega no asistieron a la celebración, después de que un helicóptero que transportaba a trabajadores petroleros del mar del Norte se estrellara el viernes, causando la muerte de 13 personas cerca de Bergen, la segunda ciudad más grande del país. El sábado por la noche todos están invitados a un banquete en el Palacio Real.

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  • ¿Quiénes asistirán a los festejos por los 70 años del Rey de Suecia?

    Estocolmo espera a la realeza mundial. El próximo sábado a las 19.30 (hora de Suecia), el Palacio Real de Estocolmo se vestirá de gala para un banquete en honor al rey al que asistirán la familia real y varios miembros de la realeza. La familia real de Noruega planeaba asistir al completo a los festejos pero suspendió su presencia luego de que un helicóptero se estrellara en la costa occidental de Noruega perdiendo la vida once personas.

    Hasta ahora confirmaron su asistencia la reina Margarita II de Dinamarca, los reyes Felipe y Matilde de Bélgica, la princesa Beatriz de Holanda, los reyes Juan Carlos y Sofía de España, el príncipe Alberto II de Mónaco, los príncipes herederos Alois y Sofía de Liechtenstein, la princesa Takamado de Japón, y los exreyes Simeón y Margarita de Bulgaria. Desde Jordania asistirán los príncipes Zeid y Majda, y el expríncipe heredero Hassan con su esposa, la princesa Sarvath.

    La lista de asistentes está compuesta, además, por los príncipes herederos Federico y Mary de Dinamarca, la princesa Benedicta de Dinamarca, la princesa Margarita de Rumania y su esposo, el príncipe Radu de Hohenzollern, los príncipes Alejandro y Catalina de Serbia, y varios miembros de la Casa de Sajonia-Coburgo, emparentados con el rey de Suecia a través de su madre, la princesa Sibyla.

  • En medio de la crisis, renace la esperanza de la monarquía en Brasil

    Por Darío Silva D’Andrea

    Con la presidenta Dilma Rousseff al borde del juicio político que podría destituirla y el Brasil en crisis política, no son pocos los brasileños que se preguntan si vale la pena continuar con el sistema republicano. De hecho, en las recientes marchas antigubernamentales, multitudinarias, por cierto, en Río de Janeiro y San Pablo, muchos son los ciudadanos que hicieron volar las banderas del viejo Imperio de Brasil en lugar de la actual bandera. Los nostágicos de la desaparecida monarquía brasileña proponen una solución mirando al pasado: ¿por qué no restaurar el régimen derrocado por el republicanismo hace 127 años?

    El monarquismo de Brasil admira a los descendientes de don Pedro II, el último emperador, muerto en el exilio, y recuerda con devoción y cariño a la princesa Isabel, la regente que abolió la esclavitud antes de que los terratenientes y otros poderosos del imperio decidieran expulsar a la dinastía. La voz más activa de los descendientes de Isabel es la del príncipe don Bertrand de Orleáns-Braganza, de 75 años, bisnieto de Pedro II y segundo en la sucesión dinástica.

    El príncipe, abogado de profesión, preside la casa real debido a la mala salud de su hermano mayor, el príncipe Luiz, de 77 años, y ha salido a las calles junto a miles de brasileños para protestar contra la presidenta Rousseff. Según el diario Folha, decenas de admiradores de la vieja monarquía lo alentaron, lo vivaron y se hicieron fotos con él. “Mientras que acepta el carácter no partidista que debe tener el monarca de un imperio, Bertrand centra su crítica en PT, partido que ve como el artífice de un plan para imponer el socialismo en el país“, dice Folha.

    “Nuestra bandera es de color verde y amarillo y nunca será roja”, repite sin cesar el príncipe en discursos y pronunciamientos publicados por internet. El príncipe ha repudiado públicamente a aquellos que tienen la intención de aplicar en nuestro país algo que fracasó al otro lado del telón de acero. En medio de la actual insatisfacción popular con el gobierno que encabeza Rousseff, el príncipe considera este un momento ideal para atraer adeptos a la idea de sustituir al presidente por un emperador de la Casa Orleáns-Braganza, y asegura que hay cada vez mayor interés en la causa imperial.

    La monarquía asegura la unidad, la estabilidad y la continuidad“, dice don Bertrand, que propone un Segundo Imperio actualizado con las circunstancias, es decir, constitucional y parlamentario, con un primer ministro que tome decisiones basado en el consenso parlamentario y el consejo del emperador. El monarca, como sucede en países como España, Gran Bretaña, Holanda, Suecia, etc, ostentaría un poder simbólico encargado de aconsejar, advertir y alentar a los funcionarios electos por el voto popular.

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    El príncipe Bertrand en una marcha en la Avenida Paulista

    ¿Tiene la monarquía en Brasil tanto apoyo como parece? El 7 de septiembre 1993 se celebró un referéndum nacional que había sido prometido por el régimen que derrocó a Pedro II, en 1889. En esta ocasión, más de un siglo después, solo el 10 por ciento de los brasileños se manifestó a favor de reinstaurar a la Casa de Orleáns-Braganza en el trono. Pero actualmente parece ser mayor el número de ciudadanos que apoya la causa monárquica, convencida de que el país necesita un “árbitro” entre los partidos políticos y ofrezca neutralidad y estabilidad al sistema democrático.

    Otro de los actuales descendientes del emperador Pedro II es el príncipe João Henrique de Orleans e Bragança, de 61 años, perteneciente a otra rama de la familia, quien no está muy seguro de que Brasil tenga ganas de instaurar una monarquía, pero afirma que esto tiene ventajas: “Las familias reales son educadas desde pequeños a los principios que se relacionan con Brasil, las instituciones, la democracia, y esto tiene un gran peso público. Ninguno de nosotros tiene funciones partidistas o políticas”.

    “La realidad del mundo muestra que la monarquía parlamentaria es mucho más austera que la república, pues cuesta mucho menos dinero”, dijo en una oportunidad otro príncipe imperial, el fallecido don Pedro Gastão, tío del rey Juan Carlos de España. “El ex presidente Sarney estuvo en la Unión Soviética con dos Jumbos llenos de gente. Don Pedro II fue a Rusia con una comitiva de cuatro personas y todo pagado de su bolsillo. La pompa puede existir sin costar nada y hasta rendir dividendos con el turismo“. La discusión sobre el sistema -presidencialista o parlamentario- ya está abierta y los monárquicos no se quedan atrás en su campaña para llevar al trono a un heredero de Pedro II.

    La familia Orleáns-Bragança es descendiente en línea directa de grandes reyes de Europa, como Carlomagno, Fernando I de León y Castilla, Guillermo I de Inglaterra o Luis XIII de Francia, nexo de unión de los Borbones españoles y los Orleans de Francia. Cuando el rey João VI de Portugal salió de Lisboa rumbo a sus colonias sudamericanas huyendo de Napoleón el 29 de noviembre de 1807, se instaló en Río de Janeiro principio/rey que en marzo de 1808 se instaló en Río de Janeiro con su familia y 15.000 cortesanos.

    El rey transformó a Brasil en un imperio que luego declaró su independencia con su hijo, Pedro I, a la cabeza. Su nieta, la princesa Isabel Leopoldina, propiciaría la abolición de la esclavitud en 1888 y por inercia la República (15 de noviembre de 1889). Pedro II (1825-1891), el último emperador, salió junto con su familia hacia el exilio el 17 de noviembre de 1889, dos días después de proclamarse la república. Desde entonces, Brasil no tuvo estabilidad política: seis disoluciones del Congreso, tres presidentes impedidos de asumir, nueve gobiernos autoritarios, dos largos periodos dictatoriales, 19 rebeliones militares, 12 estados de sitio y, hoy, una presidenta acusada de corrupción y a punto de ser destituida.

    LOS HEREDEROS. Don Bertrand vive junto a su hermano Luiz en São Paulo, en un apartamento en el barrio de Higienópolis. Se dedican a dar conferencias en varias instituciones y universidades y para subsistir también recibes donaciones de monárquicos. Durante el imperio, el centro de la corte estuvo en Petrópolis, lugar escogido por los miembros de la familia imperial para veranear. En la ciudad todavía se puede visitar, por ejemplo, el antiguo palacio imperial donde veraneó durante 50 años Pedro II hasta que fue exiliado a Europa. Más de un siglo después, quienes venden edificios en el centro de esta ciudad de la región serrana de Río de Janeiro tienen que pagar lo que se llama el “laudemio”, un 2,5% del valor del inmueble, a los herederos del último emperador de Brasil.
  • Los Bernadotte (IV): Historias de reinas, amores y nostalgias

    Todas ellas, en otros tiempos, consortes admiradas, vilipendiadas, guerreras, amadas, habían logrado hacerse un lugar en la historia monárquica que Suecia, y era este el desafío al que se enfrenaba Silvia Sommerlath al llegar al suntuoso Palacio Real en 1976, cuando se casó con el actual rey, Carlos XVI Gustavo. Ella se convirtió en la séptima reina de la dinastía Bernadotte.

    La primera de ellas fue la breve y atractiva reina Désirée (1777-1860), la esposa de Carlos XIV. Hija de un rico comerciante de seda de Marsella, François Clary y de su mujer Françoise Somis, y cuñada de José Bonaparte, Désirée se comprometió matrimonialmente con Napoleón Bonaparte, en 1795 pero tras el encuentro y poderoso flechazo de Napoleón con la distinguida Josefina de Beauharnais.

    Dos años después de que su marido fuera nombrado príncipe heredero de Suecia, ella viajó a Estocolmo, donde permaneció dos años, pero, nostálgica, volvió a su París natal de inmediato. Bernadotte subió definitivamente al trono en 1818 como y Désirée estuvo a su lado desde entonces desempeñando un modesto papel, como reina consorte.

    La siguiente reina de los suecos fue, casualmente, Josefina de Leuchtenberg (1807-1876), nieta de aquella Josefina de Beuharnais que le había arrebatado el prometido a Désirée. Se casó con el príncipe heredero Oscar de Suecia y Noruega en en Munich en 1823.

    Seis días después de su llegada a Suecia, tuvo que renunciar a su tercer nombre: Napoléona, debido a que Suecia se había alineado en el bando contrario a Napoleón durante las guerras de éste en Europa. Entre sus actividades como reina se encontraban las obras de caridad, el gusto por la pintura y la promoción de las reformas propuestas por su marido. Era católica, y aunque consintió educar a sus hijos en la religión luterana, también luchó por la libertad religiosa, que fue permitida en 1860. En su vida privada, padeció la infidelidad de Óscar, quien encontró una amante en la actriz Emilie Högqvist.

    La reina que admiraba a Alemania

    Sofía de Nassau (1836-1913), descendiente de grandes monarcas de otros tiempos, provenía de la antiquísima casa ducal de Nassau, de 900 años de historia, que había brindado regentes a Holanda, Inglaterra y Luxemburgo. Delicadamente educada, se casó en 1857 con el futuro Carlos XV de Suecia.

    A la llegada de Sofía a la corte, la familia real sueca pasaba por un momento difícil: el rey Oscar I se encontraba muy enfermo y el gobierno era encabezado por el príncipe heredero Carlos. Sofía hizo amistad con su cuñada, la princesa Luisa, y fue su apoyo tras el fallecimiento de su único hijo varón en 1854 y la imposibilidad de tener más hijos.

    Sofía cobró popularidad cuando decidió educar a sus hijos en una escuela privada, junto con niños hijos de ciudadanos comunes. Se mudó de Estocolmo ante los rumores de la infidelidad de Óscar. La duquesa padecía de una salud bastante débil, que fue empeorando con los años. Tenía anemia, padecía de constantes calambres, malestares óseos y coronarios. Murió en Estocolmo en 1913

    Sofía de Nassau no se mostró muy de acuerdo cuando se eligió a Victoria de Baden como la prometida de su hijo mayor, el heredero Gustavo (Futuro Gustavo V), y, tras la boda y la llegada de Victoria a palacio, las relaciones entre Sofía y la nueva princesa nunca fueron buenas. Y es que Victoria de Baden, su sucesora como reina, esposa de Gustavo V, no era una mujer fácil de tratar. Victoria descendía de Gustavo Vasa, lo que aportó una buena dosis de sangre real sueca y legitimidad a la dinastía francesa de los Bernadotte.

    Victoria llegó a Estocolmo a finales de septiembre de 1881 como princesa heredera de Suecia y Noruega. Era orgullosa de su origen alemán y de su educación prusiana; poseía un fuerte temperamento. No faltaron algunas tensiones entre la nueva princesa y la familia real sueca. En la coyuntura donde la monarquía sueca perdía poder político y su cuñado renunciaba a sus derechos dinásticos por casarse con una plebeya, Victoria opinaba que la dignidad real era otorgada por Dios y ningún poder mundano podía arrebatarla o renunciar a ella.

    La reina Victoria fue impopular entre un importante sector del los suecos, por su abierta política a favor de Alemania, sobre todo durante la Primera Guerra Mundial. Se habló de que la reina ejercía una fuerte influencia en la política exterior de su marido, y que sus pretensiones eran promover una eventual alianza militar entre Suecia y Alemania. Realizó viajes a su tierra natal en plena guerra, lo que fue criticado por la prensa de Suecia, argumentando que la soberana se sentía más alemana que sueca. Tras la revolución de 1918, Victoria abandonó Alemania.

    Sin embargo, se le reconoce la fortaleza de su personalidad, que le permitió soportar las más adversas situaciones. Su salud se hallaba quebrantada desde su juventud y sus embarazos fueron de alto riesgo. Durante ellos fue sometida a tratamientos con medicamentos bastante perniciosos, como el mercurio. Su hijo menor, el príncipe Erik, sufrió una débil salud durante toda su vida, quizás debido al tratamiento que su madre recibió durante el embarazo, y falleció de gripe española en edad temprana en 1918.

    Mujer con un gran talento artístico, aficionada a la pintura, a la fotografía y al piano, Victoria produjo una extensa obra pictórica y fotográfica. Su trabajo fotográfico fue de gran calidad, y experimentó todas las técnicas de su tiempo.Desde su infancia tuvo una excelente educación musical, y fue una gran pianista; interpretaba completa El Anillo del Nibelungo de Richard Wagner sin necesidad de leer las notas. También dedicó una parte de su vida a obras de beneficencia en Suecia, Alemania e Italia. Además de Roma, vivió en Baden-Baden y Mainau.

    A finales de la década de 1920 su salud empeoró y tuvo que permanecer en Italia todo el tiempo. La última vez que estuvo en Suecia fue con motivo del 70 aniversario de su esposo en 1928, y murió dos años después, en Villa Svezia (Villa Suecia), su hogar en Roma.

    Las británicas, las mejores reinas

    Durante dos décadas, Suecia no tuvo una reina. Hasta que murió Gustavo V los Suecos no vieron ninguna mujer al lado del monarca, pero esa suerte se rompió cuando Gustavo VI Adolfo subió al trono acompañado por la reina Luisa. Los suecos supieron con el tiempo que las británicas suelen ser las mejores reinas.

    Lady Luisa Mountbatten (1889-1965), bisnieta de la reina Victoria de Inglaterra, fue la segunda esposa de Gustavo VI Adolfo, viudo de otra princesa británica, Margarita de Connaught.

    Su padre, el príncipe Luis de Battenberg, sirvió a Inglaterra en su Armada Real, pero su nombre y apellido eran alemanes, había nacido en la enemiga Alemania, hablaba con acento alemán, empleaba sirvientes alemanes y tenía vastas propiedades en el imperio alemán, por lo cual, con el paso del tiempo, se convirtió en una persona no grata en suelo británico. El rey Jorge V de Inglaterra convirtió a los padres de Luisa, Luis de Battenberg y  Victoria de Hesse, en Lord y Lady Mountbatten, Marqueses de Milford Haven.

    Gustavo Adolfo y Luisa no tuvieron hijos, pero ella fue muy cariñosa con los nietos de su esposo, cuya madre murió cuando eran muy pequeños. Como reina, Luisa fue muy popular entre los ciudadanos suecos por su carácter sencillo y su sentido del humor. Tenía ciertas costumbres excéntricas, como llevar a sus muchos perros (a quienes nombró, por ejemplo, “Conde de Gripsholm” o “Señor Olsson”) escondidos en su ropa cuando viajaba al extranjero, lo que provocaba tediosos problemas en las aduanas. Era muy nerviosa, y atravesaba las calles con tal descuido, que una vez estuvo apunto de ser atropellada por un autobús en Londres.

    Ella misma decía que guardaba en su bolso de mano una tarjeta con la leyenda “Soy la reina de Suecia”, para que en el caso de tener un accidente supieran quién era. Cuando su hermano, Louis Mountbatten, le preguntó por qué tenía aquella tarjeta en su bolso, ella dijo: “Bueno, si yo soy atropellada en una calle, nadie sabría quien soy, así que si buscan en mi bolso, la encontrarán”.

    Al igual que su marido, la reina pasaba por las calles de Estocolmo y realizaba compras repentinas en el barrio antiguo de la ciudad, tratando con los ciudadanos. Ella y el rey salían del Palacio Real a recorrer las calles, sin la presencia de ningún guardaespaldas o alguna persona de la guardia real.Murió en 1965, ocho años antes que su esposa, y fue la última reina de sangre real que tuvo Suecia.

  • Los Bernadotte (III): Los últimos reyes de la vieja Suecia

    El anciano rey del castillo

    Gustavo V (1932-1950) fue el mejor colaborador y consejero de su padre en cuestiones políticas, pero carecía de la vivacidad de los Bernadotte, era tímido, reservado y reflexivo. Se negó a ser coronado, alegando que al pueblo no le hacía falta semejante gasto, sus primeros años como rey fueron tormentosos, debido al debilitamiento del poder de la Corona y el avance de las fuerzas democráticas.

    Gustavo se casó con la princesa Victoria de Baden, nieta del káiser Guillermo I de Alemania. Arreglado por sus padres, el matrimonio no fue del todo afortunado, pero parece que la relación mejoró en los últimos años. Tuvieron tres hijos, de los cuales el mayor, Gustavo Adolfo, sería el heredero del trono.

    Al subir al trono, el sencillo Gustavo V dio prueba de inmediato de su espíritu democrático, de su llaneza y profundo interés por el bienestar y los deseos de la gente. Su manera de vivir fue ejemplo de sencillez. Mantuvo particularmente la tradición de conversar a solas una vez por semana con algunos de sus súbditos, con el común de la gente, a fin de informarse. Nunca infringió la Constitución y siempre pugnó por la paz; bajo su cetro, Suecia, un país agrícola y pobre por excelencia, conoció una industrialización y progreso económico envidiadas por Europa.

    Fue rey durante cuarenta y dos años. Además, fue un destacado jugador de tenis, deporte que aprendió en su memorable viaje a Inglaterra en 1876, y donde utilizaba el seudónimo de “Mr G”, a fin de no imponer a nadie las molestias de la deferencia debida a la realeza. A su regreso a Suecia, fundó el primer club de tenis del país.

    Alcanzó prestigio internacional y su nombre fue incluido en el Salón Internacional de la Fama del tenis en 1980. En ese tiempo, el tenis era un deporte de escaso prestigio en Suecia, pero la participación del monarca hizo que aumentara su popularidad. En sus viajes a la Riviera Francesa, fue visto jugando en múltiples ocasiones y durante la Segunda Guerra Mundial intercedió ante Hitler para obtener mejor trato hacia los campeones Jean Borotta y Gothfried von Cramm, prisioneros de los alemanes.

    Al estallar la Segunda Guerra, Suecia se halló a merced del III Reich durante todo un año. Gustavo V puso en juego toda su autoridad y amenazó con abdicar si el gobierno se negaba a permitir el tránsito de una división alemana por territorio sueco. Debió ceder a la presión del Führer, no sin antes advertir a Berlín que Suecia haría frente con todas las armas a toda agresión.

    Después de la victoria aliada de El-Alamein, Gustavo V pudo apoyar a los países vencidos ocupados y a Inglaterra. Haciendo uso de su talento diplomático, el rey Gustavo se ofreció en agosto de 1940 como mediador en posibles negociaciones de paz entre el Reino Unido y Alemania, y en su cumpleaños 85, en 1943, admitió que en casos normales un monarca constitucional debe mantenerse neutral en los aspectos políticos, pero en casos especiales, como en una guerra, estaba obligado a ayudar a su país frente a todas las adversidades. Personalmente, intercedió ante el Almirante Horthy y Adolfo Hitler a favor de los judíos perseguidos en Hungría, noruega y Dinamarca.

    Si por algún fenómeno extraño estallara una revolución en Suecia, si por otra casualidad no menos extraña obtuviera el triunfo, el gobierno depuesto ofrecería un banquete al triunfador”. La frase es nada menos que de Lenin, y la misma señala el espíritu de ese notable reino donde los diputados no tienen limitado el uso de la palabra en el Parlamento, por cuanto nadie nunca ha abusado de su derecho. ¿Para qué limitar el tiempo?, respondieron asombrados en Estocolmo a la pregunta de un  periodista. Aquí a nadie se le ocurriría hablar más de lo necesario.

    Esa sencillez, ese sentido activo y respetuoso de la vida fue encarnado siempre perfectamente en la figura del augusto Gustavo V, quien supo –como todos reconocieron– ser rey, y ser un hombre justo.

    La figura de Gustavo V se convirtió en algo inmensamente popular en todo el país. Alto, macizo, metódico, sobrio, luteranamente abstemio, llegó a sus noventa años con lúcida gallardía. Aun iba de caza, calzando viejas botas de caucho bajo los copos de nieve, aún presenciaba los campeonatos de esquí y pasaba sus vacaciones de verano en Francia. Después de la guerra, Gustavo V comenzó a viajar frecuentemente a Niza, en la Riviera francesa, donde permanecía largas temporadas.

    El “gran anciano del castillo” pudo, hasta que su enfermedad lo obligó a recluirse definitivamente, pasear por las calles de Estocolmo como un ciudadano más. Así se lo vio muchas veces en restaurantes, cafés, respetada su soledad por el público y sin que nadie se atreviera a incomodarlo con una mirada curiosa. “Mi guardia personal es el pueblo sueco”, dijo una vez al emperador Alejandro II de Rusia, muerto a manos de sus propios súbditos.

    En 1948 celebró sus 90 años con una grandiosa celebración, pero ya era evidente su debilidad física. Por entonces, los médicos le prohibieron jugar al tenis, y sintió que le habían cortado las alas, pues aquel deporte era el único solaz que se había permitido durante toda su vida.

    En la apertura del Riksdag de 1950 el trono real lució vacío, y a las 2.45 de la madrugada del domingo 29 de octubre de 1950, luego de decir a su doctor, con voz muy baja, “Ahora me voy a morir”, Gustavo V expiró en el palacio de Drottningholm, a la edad de 92 años.

    El pueblo sueco se vio sumido en el luto personal por la muerte de un ser querido. Socialistas, demócratas, radicales, desde las heladas soledades laponas hasta las brumosas islas de su meridión, lloraron la muerte de un rey que dejaba tras de su, para sus descendientes, una monarquía más fortalecida que nunca. Las campanas tocando a duelo y una multitud silenciosa en el patio del palacio, anunciaron el fin de uno de los reinados más largos de la historia de Suecia y el mundo se dio cuenta de cuánto amaban los suecos al rey Gustavo V.

    “Mi candidato a presidente sería Gustavo Adolfo”

    Gustavo VI (1950-1973) fue el monarca que emparentó a la dinastía proveniente de Francia con los descendientes de Christian IX de Dinamarca y Victoria de Inglaterra, “el suegro y la abuela de Europa”. Era conocido como el duque de Västergottland cuando fue proclamado Rey de Suecia y prestó juramento comprometiéndose a “respetar la Constitución y gobernar como un rey justo y bondadoso para el pueblo sueco”.

    Gustavo VI Adolfo subió al trono a los 67 años, una edad en la cual la mayoría de los suecos estaba jubilado. Pero el anciano monarca estaba firmemente decidido a cumplir con las grandes tareas que reclama su misión. “El deber ante todo”, fue el lema de su reinado. Pese a su edad se convirtió en un rey afable y de extraordinarias condiciones.

    En innumerables viajes había aprendido a conocer a su país y su gente. Su sed de conocimientos era famosa y tenía una memoria que rara vez le fallaba. Gustavo Adolfo, el sexto Bernadotte que ocupó el ancestral trono, nació el 11 de septiembre de 1882, mientras reinaba su abuelo, Oscar II, y parte de su infancia la pasó en el castillo que su familia poseía en la isla de Mainau, en Alemania, o en la residencia de su abuela, la reina Sofía de Nassau, el palacio de Ulriksdal.

    Quiso estudiar a fondo muchas materias que consideraba importantes para su futuro “oficio”: ciencias políticas, economía, historia, ciencias militares… Era muy joven cuando ya sabía hablar inglés, francés y alemán, aparte del sueco. Se convirtió en uno de los mejores oradores de su reino, tras superar una recalcitrante timidez.

    Él mismo componía sus discursos sencilla y claramente. Los hechos, las fisionomías y los nombres de las personas eran cosas que no les estaba permitido olvidar jamás. Tenía la costumbre de llevar en tarjetas un índice de los centenares de personas que se le presentaban, pero al final de su vida, a pesar de su edad, era capaz de recordar el nombre de cualquier persona.

    Realizó brillantes aportaciones en el campo humanístico como arqueólogo, coleccionista de arte chino y conocedor de arte. Su gran afición por la arqueología surgió cuando sólo tenía 16 años, cuando, paseando por los bosques de la finca real de Tullgarn, encontró fósiles de huesos humanos y algunas herramientas de la edad de los metales. Se convirtió en un “profesional”, marchó con diversas expediciones a Italia, Grecia y Chipre, a varios puntos del Levante, a Corea y a China, donde se dedicaba desde el amanecer a excavar pozos.

    Su amor y pasión por la arqueología fue heredada por su nieta, la reina Margarita II de Dinamarca. Los principales arqueólogos de Europa lo tuvieron como uno de los suyos y por una autoridad respecto a monumentos etruscos de Italia y antiguas civilizaciones chipriotas. Fue, además, conocido como todo un profesional en materia de arte oriental, y todo un entendido en lo relacionado a objetos de jade, porcelana y bronce de la Era de Sung.

    Gustavo VI Adolfo se despertaba muy temprano cada día, a las 7.30, y luego de desayunar una taza de té sencillamente en su cama y leer algunos periódicos suecos y el británico The Times, se trasladaba a su despacho, donde lo esperaba una montaña de memorandos, cartas, documentos ministeriales, y una agenda repleta de audiencias a funcionarios y personas de la sociedad sueca. Se informaba de todo lo acontecido reuniéndose periódicamente con multitud de políticos, sindicalistas, ministros, legisladores de toda rama política.

    El  Partido Social-demócrata era, y es, partidario de la abolición de la monarquía, pero realmente amaban la idea de tener al bondadoso Gustavo VI Adolfo desempeñándose de forma irreprochable en su empleo. Cierta vez en el curso de un agitado debate parlamentario en el cual se discutían las posibilidades de sustituir la monarquía por la república, uno de los más empecinados diputados republicanos (social-demócrata de extrema izquierda en su bancada), afirmó: “Si llegamos a la República, mi candidato a presidente sería el príncipe Gustavo Adolfo”.

    La vida apacible y sencilla de Gustavo y la reina Luisa era justo lo que los habitantes de Suecia deseaban para sus reyes. Una vez por semana asistía al almuerzo del Rotary Club de Estocolmo y, para relajarse, se dedicaba a jugar al tenis, deporte que le enseñó su padre. Por la noche, junto a la reina Luisa cenaban sencillamente con sus amigos en la suntuosidad de aquel imponente palacio que habían trasformado en su cálido hogar.

    Al final de su reinado, la vida del honesto Gustavo VI Adolfo se había convertido hacía tiempo en todo un símbolo para Suecia.El 15 de septiembre de 1973 el rey murió en un hospital de Helsinborg, como un simple ciudadano y rodeado de sus familiares más cercanos. Cuando su ataúd fue trasladado a Estocolmo, cientos de miles de enlutados súbditos, a lo largo de 600 kilómetros, se agolparon para rendirle su último homenaje. Su nieto, Carlos XVI Gustavo, que entonces tenía 27 años, le sucedió en el milenario trono.

  • Los Bernadotte (II): Los reyes brillantes y los olvidados

    Oscar I (1844-1857) recibió una privilegiada educación sueca. Era inteligente y comprendía fácilmente las cuestiones de actualidad. Además de talento artístico y literario, tenía una clara percepción de los problemas sociales. Las relaciones entre el liberal Oscar y su estrictamente conservador padre habían sido siempre tirantes.

    Al ser coronado, Oscar I eligió de inmediato un gobierno moderadamente liberal y realizó una serie de exitosas reformas en la economía, la legislación y la educación. Pero pese a su devoción al deber y rectitud, Oscar I nunca logró ser tan popular como su padre.

    Carecía del encanto de su padre, era un hombre gris y tan cuidadoso de su dignidad real que fue considerado, injustamente, estirado y carente de temperamento. El largo periodo en que había sido príncipe heredero, a la sombra de Carlos Juan, había reprimido su personalidad y le había hecho perder la capacidad de mostrar espontaneidad y entusiasmo.

    La salud de Óscar I, siempre débil, comenzó a agravarse a principios de la década de 1850, y en 1857 empeoró drásticamente. Ante la imposibilidad de gobernar, su hijo Carlos fue nombrado regente por acuerdo del parlamento de ambos reinos el 25 de septiembre de ese mismo año. Permaneció postrado dos años y fue olvidado por su pueblo, muriendo en Estocolmo el 8 de julio de 1859. Sus restos mortales reposan en la Iglesia Real de Riddarholmen de esa ciudad.

    Pocos reyes suecos fueron tan populares como Carlos XV (1857-1872), el hijo de Oscar I. Fue el primer Bernadotte nacido en Suecia y hablaba el idioma sueco a la perfección. Con su aspecto majestuoso y sus modales naturales, se ganaba la devoción de todos. Carlos XV era un individuo práctico, un hombre de acción.

    Le gustaba entrenar a los soldados y quería compartir sus fatigas durante las maniobras. Pero tenía defectos graves, evidentes para los que le rodeaban: era impulsivo y se dejaba arrastrar por las ocurrencias del momento, carecía de perseverancia y no tenía inclinación por el “penoso trabajo intelectual de cada día”.

    Como no tuvo hijos varones con su reina, Luisa de Holanda, Carlos XV fue sucedido, al morir en 1872, por su hermano menor, Oscar II (1872-1907), un príncipe poco conocido y escasamente popular, considerado altanero y muy puntilloso de su dignidad. Ninguno de los que le conocieron, sin embargo, pudo negar su gran ambición y su capacidad para cumplir con las tareas que la nación le encomendaba.

    Oscar II era un hombre de gran capacidad, de mucha lectura, interesado en muchísimos temas, aunque incomprendido. Cuando subió al trono, se le consideraba, con mucha razón, el monarca más ilustrado de Europa. Fue el primer Bernadotte que se educó en la Marina y escribió muchos libros que mostraron su dominio de los asuntos navales. También compuso poemas sobre la Marina y el mar que fueron muy apreciados en su época.

    Deseaba ser un rey influyente y restaurar el poder de la monarquía tal cual había sido ejercido por su abuelo y su padre. Contaba con ello con buenas calificaciones: era talentoso y receptivo, tenía gran encanto personal y espíritu conciliador. Oscar II deseaba inspirar confianza y ganar aprobación, pero tenía serias dificultades para lograr ser apreciado por el hombre común. Se dice que su madre, la reina Josefina, dijo alguna vez de sus hijos: “Oscar hace cualquier cosa para ser popular, sin lograrlo, mientras Carlos (XV) hace cualquier cosa para dañar su popularidad, sin lograrlo”.

    La disolución de la unión entre Suecia y Noruega, en 1905, quebrantó el espíritu y la salud de Oscar II. Murió dos años más tarde, trágicamente mal comprendido. Contaba con un fiel consejero en la persona de su esposa, la reina Sofía, nacida princesa de Nassau, una mujer firme y sensata a la que afectaba los esfuerzos que se hacían a favor de la paz.

    Oscar II y Sofía tuvieron cuatro hijos: el mayor de ellos, le sucedió en el trono como Gustavo V (1858-1950). El segundo, el príncipe Oscar, contrajo matrimonio con una mujer de la nobleza sueca y lo perdió todo: derechos de sucesión, prerrogativas, títulos y dinero. Adoptó el título de Príncipe Bernadotte y dedicó su vida a las actividades religiosas y de bienestar social. El tercer hijo, el príncipe Carl, escogió la carrera militar y realizó su contribución más importante al frente de la Cruz Roja sueca, de la cual fue presidente durante cuatro décadas.  El hijo menor fue Eugen (Duque de Närke), un reconocido pintor, coleccionista de arte y patrocinador de artistas.